sábado, 16 de mayo de 2015

Codo con codo - Capítulo 7

Cuando llego a la casa de mis padres, lo primero que siento es el olor a comida. El chisporroteo del aceite en una sartén proveniente de la cocina se escucha en cuanto abro la puerta con mi llave, y no puedo evitar sonreír. Me invade esa sensación tan confortable de sentirme en casa.
Me independicé cuando tenía veinticinco años y podía permitirme un alquiler, aunque mi primera casa, por llamarlo de alguna forma, fuera un zulo de una habitación que hacía de cocina, salón y dormitorio. También tenía una especie de baño, que se podía llamar así porque tenía un inodoro, lavabo y ducha, pero que medía dos metros cuadrados y estaba cercado por una pared de pladur. No os podéis imaginar las piscinas que se formaban en el suelo cada vez que me duchaba. Lo único bueno que tenía es que podías bañarte, hacer pis y lavarte los dientes al mismo tiempo sin sentirte un ser extraño con capacidades multitarea.
Cuando cumplí los veintiocho, me harté de vivir como una mendiga y decidí que podía pagarme un piso un poquito mejor. Así que, después de un par de meses de búsqueda exhaustiva, encontré el apartamento donde vivo actualmente. Tiene los azulejos de baños y cocina de la época en la que reinaba Carolo y gotelé en las paredes, pero, por lo menos la cocina, el salón y el dormitorio son habitaciones independientes, y el baño tiene paredes de verdad.
No sé por qué decidí irme tan pronto de casa. Supongo que tenía la necesidad de hacer algo por mí misma sin sentirme bajo el ala de mamá y papá. Además, como todos los jóvenes que reciben su primer sueldo –aunque el mío fuera una caca de la vaca– me sentía muy mayor e independiente. Por suerte, mis padres no son de esa gente a la que les parece mal que sus hijos crezcan. Siempre nos han ayudado a madurar y a fomentar nuestra vida aparte. De hecho, a mis hermanos y a mí, siempre nos mandaban al extranjero durante los veranos para abrirnos los horizontes.
Pero aún así, en la casa de mis padres siempre me he sentido muy a gusto, en paz. Es esa sensación que te hace suspirar de tranquilidad y saber que nada malo podría pasarte entre estas cuatro paredes.
—Holaaa —saludo mientras entro.
Mi padre se asoma por la puerta de la cocina, delantal y cuchara de madera incluidos, y me sonríe con ternura.
—Hola, cariño. Estoy haciendo lasaña.
—Mmm, ¡qué bien! —digo yo—. ¿Dónde está mami?
—Estoy aquí. —La oigo que grita desde la terraza.
Avanzo por el pasillo hasta llegar al perchero, donde dejo mi abrigo y el bolso.
—¡Hombre! Pero si ya ha llegado la princesita de la casa. —Mi hermano Diego sale del salón y me envuelve entre sus brazos musculosos para darme un abrazo de oso. Somos una familia de esas que se están dando besos y abrazos constantemente, así que no me sorprende en absoluto el saludo de mi hermano. Detrás de él sale Jaime, mi otro hermano y su gemelo, y entre los dos me aprietan como si fuera el jamón york y el queso de un sándwich mixto.
—No puedo respirar —grito con la voz ahogada desde el pecho de Diego. Intento empujarlos, pero me tienen bien agarrada.
—Anda, enana, ¡no te quejes tanto! —dice Jaime—. Solo estamos dándole un abrazo a nuestra hermanita pequeña.
—Oye, ¡gamberros! Dejad a vuestra hermana, que ya no sois unos niños —dice mi madre cuando entra de la terraza. Todavía utiliza ese tono que usaba cuando éramos pequeños. Me acuerdo de todas las putadas que me hacían estos dos zumbados y me pongo de mala leche. Forcejeo un poco más contra el pecho de Diego, pero tengo que pellizcarle uno de los pezones y pisarle el pie a Jaime para que me suelten con un alarido.
Ambos rompen a reír, tocándose las zonas afectadas con disimulo, mientras yo todavía intento recuperar algo de aire. Les dedico una mirada de odio infantil y ellos responden aumentando sus carcajadas y despeinándome el pelo.
Sí, es surrealista. Tengo treinta y un años y mis hermanos siguen tratándome como si fuera una cría pequeña. Y no es que ellos sean mucho mayores que yo, ya que solo me sacan dos años. Pero así son ellos. Como Claudia no está en España y, además, ella es la mayor de los cuatro, solo me tienen a mí para molestarme.
Me recoloco con los dedos el pelo mientras mi madre se acerca y me da un beso.
—Estás muy guapa hoy, ¿te has hecho algo? —me pregunta. Me mira con un brillo de complicidad que me pone nerviosa. No sé qué tienen las madres que siempre saben cuando pasa algo. Debe de ser un sexto sentido que se desarrolla al dar a luz.
—Pues no, mami. Hace meses que no piso la peluquería —digo mirándome las puntas abiertas de mi melena castaña—. Pero, ahora que lo dices, no me vendría mal volver algún año de estos y acabar con toda esta paja.
—Bueno, pero que no te lo corten mucho, que tienes un pelo precioso.
—Gracias, mami —digo dándole un beso.
Si es que por algo mis hermanos me llaman la princesita de la casa. No lo hago a propósito, lo juro, pero es estar aquí y me sale la vena pelotillera. Debe de ser que, como siempre fui la pequeña, me sentía con la necesidad de llamar la atención. Y ¿cómo consigues que te hagan caso en una casa llena de niños? Pues siendo la única hija que da besos y abrazos sin que sea por obligación y protesta poco por norma general. Claro, porque un niño sigue siendo un niño por mucho que sea un listillo y, de vez en cuando, también se le tiene permitido quejarse.
Caminamos hacia la cocina donde mi padre está haciendo el sofrito de carne para la lasaña. Le doy un beso desde atrás y él se ríe.
Abro la nevera, que está llena de imanes y postales de todos y cada uno de los países que han visitado, para sacar una botella de agua y servirme un vaso. A pesar de tener cuatro hijos, mis padres siempre han sido muy modernos y un poco hippies. Desde bien pequeños, nos han llevado a conocer lugares en largos viajes en coche, cosa que agradezco porque es muy posible que yo no pudiera permitirme viajar a ninguno de esos países ahora que soy independiente.
—¿Te ayudo con algo? —pregunto después de darle un largo trago al vaso de agua fresca. A pesar de haberme tomado un ibuprofeno anoche, siento las consecuencias de la juerga de ayer y tengo la boca seca y pastosa.
—No, cariño. Ya está todo.
—Bueno, pues voy a poner la mesa.
—Diles a tus hermanos que te ayuden —grita mi madre desde otra habitación.
Los tres nos ponemos con la labor de colocar platos, vasos y cubiertos chinchándonos y golpeándonos con los hombros y, cuando nos queremos dar cuenta, la comida ya está preparada y espera humeante en nuestros platos.
La tarde transcurre de manera tranquila y, después de comer, nos tiramos todos en el sofá para ver una de esas películas que le regalan a mi padre con el periódico.
Hacia las siete de la tarde, vuelvo a mi casa, donde paso el resto del día sin hacer nada más que leer, ver la tele y comer una pizza precongelada.
Me siento un poco sola porque, a pesar de ser una mujer independiente, como no paro de repetir… que ya no sé si lo digo para creérmelo yo misma o porque de verdad me considero una, siempre he deseado tener esa sensación de compañía que te da otra persona. No sé si me explico. Las relaciones son complicadas, eso es un hecho irrefutable y a las pruebas me remito, pero sentir la presencia de alguien y tener la confianza suficiente como para no verte en la obligación de fingir una conversación, únicamente saber que esa persona está ahí porque te está acariciando el pelo mientras ves la tele o lees un libro, me parece envidiable.
Envidio esa conexión que tienen Laura y Carlos. Cómo, con una mirada, se lo dicen todo sin pronunciar siquiera una palabra. Y, mientras, yo estoy aquí sola comiendo una pizza repleta de grasas trans que se irán directas a mis cartucheras. Cosa que no necesito porque, como siempre resuelvo mis problemas ahogándome en toneladas de grasas saturadas, mi culo ya está bastante blandito.
Me pregunto qué estará haciendo Lucas. Es raro volver a una ciudad en la que hace años que no vives. Tus amigos, si es que siguen ahí, se han hecho a la idea de que tú, por el contrario, ya no estás y han rehecho sus vidas de manera independiente. Y, ahora que has vuelto, estás como en tierra de nadie.
Por una parte, todos los recuerdos de las cosas que hiciste cuando eras joven vuelven a ti impidiéndote seguir adelante, porque tú lo sientes como si el tiempo se hubiera detenido. Pero, al mismo tiempo, se crea en tu interior una sensación de vacío porque, en el fondo, es como si hubieran pasado siglos. Los sitios a los que ibas ya no existen o se han pasado de moda. La gente ya no te saluda por la calle, porque apenas se acuerda de ti. No recuerdas los caminos que solías coger para ir a un sitio o la mejor hora para ir a comprar el pan. Y tampoco puedes llegar e inmediatamente exigir atención, porque resultaría demasiado egoísta.
Me apetece llamarle, para ver cómo le van las cosas, pero no tengo su número de teléfono. Además, tampoco creo que tengamos la confianza suficiente como para hacer ese tipo de cosas. Intento desterrar de mi cabeza su imagen porque me veo venir y sé que, como siga así, terminaré por obsesionarme.
Se me hace tan extraño haber desarrollado esa clase de sensaciones hacia él… Hacía tanto que solo sentía diferente por Luis que no recordaba lo que era tener ganas de ver a alguien o saber qué es de él.
Me meto en la cama, hecha un adefesio. La verdad es que, cuando uno vive solo, descuida mucho su imagen. El moño medio caído y las gafas de culo de vaso me delatan. Además, los calcetines por encima del pantalón del pijama estoy segura de que no le resultarían sexis ni al más vicioso.

Cuando mis párpados ya no pueden soportar más los pensamientos que rondan por la materia gris de mi cerebro, me duermo. Y, aunque no recuerdo con claridad qué es lo que sueño, tengo en la mente prados verdes y cielos azules.

sábado, 9 de mayo de 2015

Codo con codo - Capítulo 6

Ya en la calle, la brisa fresca del otoño me despeja un poco los pensamientos. Me siento bien, tranquila y contenta. Y la sonrisa que llevo en los labios le muestra el mundo que soy capaz de ser una chica normal de mi edad sin intenciones de complicarse la vida. Me prohíbo a mí misma que los pensamientos se tornen quejumbrosos y lastimeros, así que me doy una palmadita mental en la espalda por haber salido airosa de la situación. Si la cosa no llega a más, mira, que me quiten lo bailao porque he morreado (como solíamos decir de pequeños) con un tío bueno de los de verdad, además de encantador, listo y divertido.
En cuanto veo la lucecilla verde de un taxi, me aproximo a la acera para pararlo. Y, debe de ser que transmito las buenas vibraciones, porque nunca había conseguido que me hicieran caso tan rápido.
Cuando llego a mi casa, me desvisto con premura y me meto en la ducha, ya que tengo el tiempo justo para ducharme y arreglarme.
El agua caliente me afloja los músculos del cuello y espalda y me ayuda a liberar esa tensión que acumulamos durante el día.
Me lavo el pelo con fuerza, masajeando las raíces con la yema de los dedos y me aplico un poco de acondicionador en las puntas.
Una vez fuera de la ducha, me seco con energía y me planto frente al armario en busca de un modelito.
Al final, me decanto por unos vaqueros pitillo y una camisa amplia de color blanco con brocado en el cuello que me sienta genial. No soy de llevar mucho tacón de forma habitual, pero hoy me decido por unos botines negros con unas buenas alzas, porque sé que todas irán de punta en blanco y no quiero ser menos.
Termino de arreglarme, haciendo especial hincapié en disimular las ojeras a base de capas de chapa y pintura, cojo la cazadora de cuero negra y el bolso y salgo de casa pitando, que ya llego tarde, para variar.
El Deluxe no queda demasiado lejos de mi casa, pero no es que sea yo muy hábil caminando con tacones, además de que pienso beberme hasta el agua de los floreros esta noche, así que cojo un taxi en la parada al final de mi calle.
Cuando abro la puerta del local, veo en el fondo una mesa ocupada por tres chicas, dos morenas y una rubia. Mis amigas. Camino hacia ellas, esquivando a la gente que se arremolina junto a la barra, y Candela, que es la que está mirando al frente, me sonríe mientras me acerco.
—Perdón por el retraso —digo cuando llego junto a ellas. No puedo evitar poner los ojos en blanco al recordar aquel meme tan cruel con la misma frase…
—Ya te conocemos, ¡así que no te hemos ni esperado para pedir! —dice Sofía con ironía.
—Vale, vale. Lo siento. Es que estaba en «algo» cuando me habéis avisado. —Me siento en la mesa y le doy un sorbo al vino que ya tenía servido en la copa, esperándome.
—Huuuuuuy, en algo, ¿eh? —dice Laura con sorna—. ¿Y qué es ese algo? Si se puede saber… ¿o mejor debería decir en «alguien»?
Miro a mis tres amigas, que esperan con expectativa las explicaciones. Me fijo en Candela, que es la más seria de las tres, y veo que me está sonriendo con picardía.
—Bueno, digamos que ese alguien se llama Lucas —respondo mirando hacia otro lado. Un camarero muy mono nos sirve los platos y veo cómo le sonríe a Laura, aunque ella no le presta atención.
—¡Serás cabrona! —grita Sofía—. ¡Te lo dije! ¡Te dije que le gustabas!
El local está a rebosar. Nos encanta el sitio porque está céntrico y la relación calidad/precio es espectacular, pero he de reconocer que la acústica no es demasiado buena, así que tenemos que forzar un poco las cuerdas vocales para hacernos oír sobre el barullo de fondo.
Me río por lo absurdo de la situación. Todas estas conversaciones me parecen un poco surrealistas para chicas de treinta y tantos años.
—A ver, espera —digo entre risas—. ¿Me vas a dejar que os lo cuente o no?
—Dispara. —Es lo único que añade.
Comienzo mi discurso. Les relato cómo me vino a buscar para comer, cómo fue todo en el restaurante, la llamada de Luis y el café en su casa. Me guardo para mí el momento de llorera, más por vergüenza que por otra cosa, pero se parten de risa cuando les cuento cómo escupí el café y cómo eso degeneró en el beso.
—Así que es por eso que estabas de tan mala hostia cuando te llamé, ¿no? —dice Laura—. Estabas al tema y, claro, te corté todo el rollo.
—Tú me dirás, guapa —digo mientras le doy un sorbo a mi copa de vino—. Estábamos en el momento «primer beso» y vas tú ¡y nos interrumpes! —El alcohol nos empieza a hacer un poco de efecto, así que las cuatro nos desternillamos de la risa según les voy contando cómo fue mi tarde.
—¿Y dices que se va a quedar en España una temporada? —pregunta Candela.
—Eso parece. —Asiento con la cabeza un par de veces—. Su padre está bastante enfermo, así que ha venido a echarle una mano a su madre —respondo mientras le doy un bocado a mi comida.
—Vaya, ¿algo grave? —me pregunta Laura.
—Pues tiene Alzheimer. Debe de estar bastante mal para haber decidido aparcar su vida en Estados Unidos para venir aquí. Aunque tampoco me ha dado muchos detalles. —Me encojo de hombros—. No creo que sea algo de lo que le guste hablar.
El camarero regresa con los segundos platos mientras nosotras seguimos charlando animadamente sobre Lucas, el hospital, y cómo no, de cada uno de los hombres de nuestra vida.



Laura lleva varios años con Carlos, con el que está planeando su boda. Tienen una relación muy estable, pero sé que todo el tema de los preparativos está causando estragos en ellos. Como en todos los enlaces, las suegras están echando un pulso para demostrar quién tiene más poder. Más de una vez, ambos han comentado que estarían encantados de mandarlo todo a la mierda e irse a las Vegas. No me imagino a Laura casándose disfrazada de Marilyn y a Carlos de Elvis, pero sé que estarían más que dispuestos para evitar todo el embrollo en el que sus madres les han metido.
Candela rompió hace relativamente poco con Pedro, con el que llevaba un par de años saliendo y todavía no ha superado su ruptura. Así que solo despotrica contra los hombres cada vez que tiene oportunidad. Está mal que yo lo diga, pero es la mejor de las cuatro. A pesar de parecer una persona muy seria, tiene esa clase de carácter que te hace saber cuándo eres importante para ella, desviviéndose por cada una de las personas que están a su alrededor. Cuando nos conocimos en la carrera pensé que me odiaba, no me preguntéis por qué. Supongo que tiene que ver con que de primeras es una persona algo hermética y callada. Pero, con el tiempo, he sabido valorar su personalidad algo introvertida, haciendo que cada detalle que tiene hacia nosotras tenga mucho más valor, porque sabes que es de verdad. De manera que es una pena que su relación con Pedro no cuajara. Siempre habíamos pensado que estaban hechos el uno para el otro. Pero resultó que él no era tan bueno como todas creíamos, cuando hace algunos meses descubrimos que estaba con otra al mismo tiempo.
Sofía, que es la rompecorazones oficial, anda saltando de rollo en rollo. No le he conocido relación seria desde que somos amigas, de eso hace ya unos cuantos años, y parece que no está interesada en encontrarla. Ella dice que, cuando sea vieja, tendrá un montón de perros –ya que, como a mí, no le gustan los gatos– y viajará por todo el mundo. Se convertirá en la «tita Sofía» para nuestros hijos y les consentirá en todo aquello que nosotras no hagamos.
Y, por último, estoy yo. Mi último novio, Dani, y yo rompimos hace ya algunos años. Fui tan ingenua al pensar que iba a ser el amor de mi vida…, pero nuestra relación no era sana. Éramos ese tipo de parejas que se adoran, pero que no paran de discutir. Nos peleábamos tanto que, cuando un día se nos fue de las manos y casi acabamos a golpes, decidimos darnos una tregua. Hubo alguna recaída durante los dos años siguientes a la ruptura e intentamos reconciliarnos un par de veces, pero está claro que los amores pasionales no son tan sanos como los pintan las películas románticas. Yo, por lo menos, no le encontré el sentido y sigo sin hacerlo. Discutir es bueno siempre y cuando sea en su justa medida, y está bien encontrar en la otra persona a alguien con quien tratar los puntos de discordia. Pero creo que dos personas tan temperamentales como lo éramos nosotros dos nunca podrían ser felices juntas. Todo sea dicho, yo estaba muy enamorada. Y sé que él también. Pero no podía ser.
Al poco tiempo, empecé a trabajar en el hospital y conocí a Luis, de modo que Dani pasó al olvido. Y sé que es un tópico y que es bastante posible que tenga poco sentido pillarse por un tío con el que sabes que nunca llegarás a nada más allá que una amistad, pero, gracias a él, conseguí pasar página. Aunque esa página nueva resultó ser menos sana que la anterior. Me acuerdo como si fuera ayer de la primera vez que lo vi. Estaba en mi primer año de residencia y me tocaba el área de psiquiatría. Siempre me he sentido un tanto incómoda tratando con enfermos psiquiátricos, no sé por qué. Supongo que el ser humano en sí mismo ya es demasiado complicado como para añadirle una enfermedad de este tipo. Y, en el área de psiquiatría, lo menos que te puedes encontrar es una persona con depresión. El caso es que ese día estaba especialmente nerviosa, y me estaba tomando una tila en la sala del café. Luis apareció tan tranquilo, con su uniforme de médico, y me dedicó una sonrisa de esas que te dejan sin aliento. Se acercó a mí con paso decidido y se presentó.
—Tú debes de ser Elena —me dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. Me han comentado que estabas un poco nerviosa por tu primer día en psiquiatría. Pero no te preocupes, yo seré tu compañero. —Hizo una pausa como intentando recordar algo importante—. Por cierto, soy Luis —añadió estirando la mano en mi dirección.
La seguridad en sí mismo y la manera de mirarme me hicieron saber que todo iba a estar bien, así que solo pude sonreírle y estrechársela. Supe desde aquel momento que no iba a ser capaz de borrar de mi cabeza esa sonrisa radiante y la sensación de paz que me transmitió. Consiguió que se me olvidara el hecho de estar entre enfermos mentales y que disfrutara de mi tiempo en esa área. Y, a partir de ahí, nos hicimos muy buenos amigos.
Creo haber dejado claro que yo siempre le he considerado algo más que un amigo, pero también era consciente de que él no estaba interesado en otro tipo de relación que no fuera la amistad. Siempre estaba pendiente de mí y sé que se preocupa por lo que me pasa, pero, aquella Nochevieja en mi casa, me quedó bien claro que no iba a pasar nada más entre nosotros.



Cuando hemos terminado de cenar y pagado la cuenta, salimos a la calle en dirección a un bar de copas. No somos muy originales, así que con el paso de los años hemos ido creando una rutina de sitios a los que vamos siempre. El paso siguiente al Deluxe suele ser el Soho así que, como no está demasiado lejos, las cuatro caminamos hacia allí.
Es uno de los locales de moda. Está dividido en dos zonas, una con mesas y sofás y otra con la pista de baile. La verdad es que, si lo que estás buscando es tomar una copa tranquila, no lo recomendaría porque las luces están demasiado bajas y la música muy alta, pero a nosotras nos encanta porque podemos hacer un poco de todo. Si nos apetece echarnos unos bailecitos, solo tenemos que levantarnos de la mesa y caminar unos cuantos pasos. Además, de tanto venir, conocemos a toda la plantilla y siempre tenemos una mesa reservada en nuestro rincón favorito.
Dos gintonic después, estamos todas desternillándonos de la risa por una historia que nos cuenta Laura.
—Y viene el señor y me dice que, aunque tenga setenta años, él quiere seguir activo. Ya me entendéis. —Las risas y el alcohol hacen que la voz de Laura suene turbia.
—¿El tío quería seguir dándole? ¡No me digas! —grita Sofía, partiéndose de la risa.
—Sí, sí, pero espera, que viene lo mejor —digo yo, que ya me conozco la historia.
—Pues lo mejor es que la mujer me decía que no desde atrás con la cabeza, con una cara de susto que no os podéis imaginar. —Laura coge un pañuelo de su bolso, y se seca las comisuras de los ojos empapadas con lágrimas por la risa—. Y claro, yo no sabía qué hacer, porque él estaba muy empeñado en que sí, que quería seguir con el tema. Pero el susto que tenía su mujer era de escándalo.
—¿Y qué hiciste al final? —pregunta Candela descojonándose.
—Pues le hice una receta para Viagra cuando la mujer por fin cedió, pero con la condición de que no le pusiera «muy jovencito». —Termina de contar la historia riéndose histéricamente. Todas acompañamos su ataque, riendo de igual manera.
Debemos de parecer un grupo de hienas borrachas desde fuera, y soy consciente de que un grupo de chicos de unas mesas más allá no nos quita ojo.
—Que no le pusieras muy jovencito —repite Sofía entre carcajadas—. Madre mía, ¡pobre señora! ¿Y no le recetaste a ella un lubricante?
—Hombre, les recomendé que se lo tomaran con mucha calma, que a esas edades las caderas se resienten y que nadie se recupera del todo de una fractura.
—Dios mío, esto es peor que cuando me vinieron dos hermanas a que les revisara la vista —dice Sofía aún riéndose—. La pequeña debía de tener cinco años y le chivaba las letras a su hermana.
—Ay, pobre. —Me río—. Quería ayudar a su hermanita mayor.
—Sí, claro. Pero, al final, tuvimos que sacarla de la sala porque la hermana no veía tres en un burro y no le estaba sirviendo de nada la revisión.
—Madre mía, si es que pasa cada historia en los hospitales… —Candela se seca las lágrimas de los ojos con el dedo mientras niega con la cabeza.
—Perdonad que os moleste, chicas. —Un chico de unos treinta y tantos se ha acercado a nuestra mesa y nosotras ni siquiera nos habíamos dado cuenta—. Pero a mis amigos y a mí nos gustaría invitaros a una copa —dice señalando a la mesa de chicos que no nos quitaba ojo.
—¿Ah sí? —responde Sofía—. Pero, ¿tenéis edad para beber alcohol? —dice entre risas.
—Para beber alcohol y otras muchas cosas —dice él, con una sonrisa traviesa—. Si quieres, te lo demuestro.
—Uuuuuuh —responde ella—. Perro ladrador, poco mordedor —añade mientras lo repasa de arriba abajo con una mirada sugerente—.Yo tomaré un Tanqueray con limón, por favor. ¿Y vosotras, chicas?
—Yo, un Cacique cola —dice Laura apurando el contenido de su vaso aún medio lleno.
—Seagrams con tónica —añado yo.
—¿Y tú, guapa? —le pregunta a Candela con una sonrisa seductora.
—Yo puedo pedirme mi copa, muchas gracias —responde ella de malas maneras.
Todas la miramos sorprendidas, pero el chico sigue sonriendo de la misma manera.
—¿Estás segura, preciosa? —insiste él.
—Tan segura como de que tu presencia aquí me resulta ofensiva. —La cara de Candela es un poema.
A todas nos entra un ataque de risa por la respuesta y la cara de pocos amigos que tiene. Sabía que estaba en contra de los hombres, pero me hace gracia presenciar cómo la callada y tímida Candela está perdiendo los papeles.
Él, ni corto ni perezoso, se da la vuelta hacia la barra con la misma cara de seductor chulito.
—Voy a ir a vigilarle, no vaya a ser que nos eche algún somnífero de esos para caballos en la bebida —dice Sofía mientras se levanta de la mesa y se dirige a la barra.
Observo cómo se aleja mi amiga contoneando las caderas con cada paso. Varios hombres se giran para mirarla, y no me extraña, porque es muy llamativa. La combinación de sus facciones, con su melena oscura ondulada, los ojos rasgados y azules, hace que sea imposible no verla. Y si acompañas el paquete con un cuerpo de escándalo y unos taconazos que dan vértigo solo con mirarlos, además de una personalidad arrolladora, el resultado es un bombonazo de sangre caliente llamado Sofía. Cuando llega junto a la barra, le pasa el brazo por el hombro al chico y comienzan a hablar susurrándose al oído.
Parece que estamos todas un poco ensimismadas observando a nuestra amiga, porque no hemos abierto la boca desde que esta se ha ido.
—¿Qué te ha pasado con el pobre chaval, Cande? —le pregunto cuando vuelvo al mundo real.
—No me ha pasado nada, tía. Es que me molesta la actitud de esa clase de hombres tan chulitos, tan seguros de sí mismos. ¿Se cree que no puedo pagarme una copa, o qué? —dice ella con indignación. Se toquetea el pelo rubio como hace cada vez que está nerviosa o enfadada.
—Venga mujer, no te lo tomes así —dice Laura agarrándola por los hombros—. El chico solo quería ligar un poco.
—Bueno, pues que ligue con vosotras, que yo ya estoy harta —responde Candela, bufando un poco.
Justo cuando estoy intentando contribuir a que se tranquilice el ambiente, Sofía vuelve con dos copas en la mano seguida por nuestro nuevo amigo.
—Se llama Juan —dice ella mientras se gira para mirar al chico—. Estas son Laura y Elena. La que te mira con odio se llama Candela, pero no se lo tomes a mal. No te odia a ti en concreto, solo a tu género en general.
—Ya me dejas más tranquilo —dice él mientras deja las otras copas sobre nuestra mesa y acerca una silla junto a Candela—. ¿Y se puede saber qué te ha hecho mi género, reina?
—Existir —responde ella tajante, mirándole de manera desafiante—. Yo que tú no me acercaba tanto a mí, no vaya a ser que te escupa en un ojo.
—Huy, tienes carácter, ¿eh? —dice él sonriendo con malicia—. Justo como a mí me gustan. Dicen que las respondonas son las más calientes en la cama, ¿lo sabías?
Abro los ojos como platos, porque el chico es un kamikaze total. ¿No le han enseñado nunca que no se puede vacilar a una mujer cabreada?
—No quieras seguir por ahí. —La cara de asco que le pone mi amiga me hace ver que está perdiendo la paciencia. No puedo evitar que toda esta situación me haga gracia y todas observamos la pelea verbal con interés.
—Si esto cada vez se pone más interesante —dice él aproximándose a ella aún más.
No sé en qué momento se han acercado los amigos de Juan a nuestra mesa, pero están cogiendo sillas y colocándose en los huecos que hay entre nosotras. A mi lado se coloca un tío con el pelo castaño oscuro, bastante mediocre físicamente.
—¿Qué les pasa a estos? —me pregunta acercándose a mí.
—Parece que tu amigo ha perdido el instinto de supervivencia y está provocando a mi amiga Candela.
—Mmm, provocando, ¿eh? —La proximidad de este chico hace que sienta que me falta un poco el aire. Está invadiendo mi espacio vital y me pongo muy nerviosa. Además, huelo su aliento cargado de alcohol, lo que me produce un escalofrío—. Soy Jorge, por cierto —añade él, en un tono sensual que no hace más que contribuir a mi mal estado.
—Elena —respondo sin mirarle.
—Bueno, chicas. —Salvada por la campana. El chirrido que produce la silla de Candela contra el suelo al levantarse hace que toda la sala la mire—. Yo ya me he cansado de aguantar gilipolleces. ¿Nos vamos?
—Pero, princesa, ¡qué carácter tienes! —dice Juan mirándola aún con una sonrisa socarrona.
—Tío, ¡que me dejes en paz de una puta vez! ¿Qué parte de que te vayas a la mierda no has entendido? —grita ella ofendida.
—Venga, mujer, no te enfades —dice él con actitud conciliadora—. Solo te estoy tomando el pelo.
Ay amigo, llegas tarde. Lo miro negando con la cabeza, porque no sé quién le ha enseñado al pobre hombre a ligar. ¿No te dabas cuenta de que esa no era una buena táctica?
—Pues ya me he hartado. ¿Nos vamos? —pregunta impaciente.
—Sí, sí. Claro —digo yo mientras le doy el último sorbo a mi copa. Me levanto para salir con ella, que ya ha echado a andar en dirección a la salida.
Laura sale después de mí sin dilación, pero Sofía se ha quedado un poco rezagada. Parece que uno de los amigos de Juan le ha llamado la atención.
—Lo siento, chicas. Pero es que no podía aguantar más memeces de ese subnormal —dice Candela cuando estamos todas ya caminando hacia una parada de taxis.
—No te preocupes, tía —responde Sofía—. La verdad es que se ha puesto un poco pesado.
—Pues sí, aunque se veía que le gustabas, ¿eh, Cande? —interviene Laura.
—Por Dios, pero ¿qué le voy a gustar? —responde ella exasperada—. A ese lo que le pasa es que es un gilipollas engreído.
—Que no, tía —digo yo—. Se notaba a leguas que le molabas, aunque tenía una técnica muy poco depurada en el arte del flirteo. Por cierto, Sof, ¿has conseguido el número del guaperas que tenías al lado?
—Hombre, ¿qué te crees si no que estaba haciendo? —dice ella riendo.
Ya en la parada, nos despedimos con un abrazo y cada una cogemos un taxi para que nos lleve a casa.
Para cuando llego a la mía, son las cinco de la mañana y estoy molida. Lo primero que hago es quitarme los botines con un par de patadas y lanzarlos bien lejos. ¡Cómo me duelen los pies! Cojeo hasta la cocina e inspecciono el contenido de la nevera a ver si hay algo que pueda comer, pero no hay más que huevos y unos yogures a punto de caducar, así que me resigno a coger un trozo de pan duro que sobró de ayer. Me tomo un ibuprofeno con un vaso de agua, ya que mañana iré a comer a casa de mis padres y no me apetece levantarme con una resaca de mil demonios.
Me preparo para dormir y me meto en la cama. Una vez dentro, las sábanas fresquitas me abrazan y cojo el móvil para programar la alarma del despertador. Suspiro rememorando todo lo que me ha pasado hoy. Ha sido un día muy largo, la verdad. Pienso en Lucas, en sus ojos verdes y sus labios gruesos. Me entra una risita infantil al recordar el beso y cierro los ojos intentando conservar en mi memoria la sensación que tuve al estar contra él y, no sé cuándo ni cómo, pero, finalmente, me duermo.

viernes, 8 de mayo de 2015

Codo con codo - Capítulo 2

Estoy dándole un sorbo al café que, para qué mentirnos, sabe a rayos y centellas, cuando la puerta vuelve a abrirse y aparece un hombre. Pero no un hombre con pintas de señor de sesenta años. No. Un morenazo de esos que te quita el hipo si se digna a echarte una miradita de reojo –tampoco vamos a pedir más, que ya bastante es que ha reparado en tu existencia–. Es tal la impresión que el chico causa en mí que el café tiene la desfachatez de cambiarse de conducto y pasar a mis vías respiratorias. Como es obvio, el ataque de tos que estoy sufriendo me delata, así que el compañero que tengo sentado al lado comienza a darme unos golpecitos en la espalda.
Perfecto, Elena, si es que eres la reina de la finura.
Ahora no solo estoy roja por el ataque de tos, sino porque todo el mundo en la sala está mirándome, creo que preocupados por si no consigo pasar este trago, y nunca mejor dicho.
Cuando la maldita gota de café sale de mi laringe, permanezco unos segundos intentando tranquilizar mi respiración, que aún sigue afectada. Me seco rápidamente un par de lágrimas que se me acumulan en la comisura de los ojos y me sorbo los mocos de la manera más discreta que puedo.
—Uf, perdón —digo cuando consigo entonar palabra.
Por fin, levanto la vista, que se me había quedado atascada entre el infierno y el más allá, para poder mirar con detenimiento al chico que acaba de entrar por la puerta. No soy consciente hasta unos segundos más tarde de que acabo de cometer el mayor error de mi vida al hacerlo. Él se sitúa de pie, al lado de Antonio, y le dedica unos segundos a recorrer la sala con la mirada. Sus pupilas no tardan en encontrarse con las mías, que le esperan impacientes. Creo que puedo incluso notar la reacción de su cuerpo ante esta coincidencia. Es como si, de repente, su manera de ver las cosas hubiera cambiado. De hecho, la intensidad de su mirada es tal que un escalofrío me recorre el cuerpo de arriba abajo haciendo que la piel de la nuca se me ponga de gallina y las palmas de las manos empiecen a sudarme. Desde esta distancia no soy capaz de vislumbrar si sus ojos son verdes o del color de la miel. Lo único que tengo claro es que son lo más enigmático y magnético que haya tenido la oportunidad de ver hasta este momento.
Me obligo a mí misma a apartar la mirada, aunque soy consciente de que sus ojos siguen fijos en mí. Pero, de repente, me siento abrumada por tantas sensaciones. No puedo soportar el latido errático de mi corazón, que golpea desbocado contra mi caja torácica. Bajo la vista hacia la mesa y recoloco los papeles que tengo frente a mí, aunque solo sea por mantener mis manos ocupadas y no llevármelas al pecho. Respiro un par de veces por la nariz para tranquilizarme y, por suerte, esto también me sirve como disimulo por el ataque de tos previo.
Cuando creo que he sido capaz de normalizar mi respiración, mi corazón y mis nervios, suelto un último suspiro y me preparo psicológicamente para la que creo será la reunión más importante y decisiva de toda mi vida.
Miro directamente a Antonio, que espera con el ceño fruncido de preocupación a que me estabilice. Pero, cuando ve que estoy más tranquila, decide dar comienzo a la sesión.
—Bien, bueno, —se levanta de la silla para situarse a la misma altura que el chico y comienza con su discurso algo nervioso—, después de este pequeño incidente y, en vista de que ya estamos todos, vamos a empezar. —Carraspea un poco y continúa—. Como todos sabréis, el doctor Ramírez se jubila, dejando libre el puesto de jefe de oncología infantil. —Hace una pausa recorriendo la sala con la mirada—. Estoy muy orgulloso del equipo que hemos ido formando con el paso del tiempo, ya que hemos conseguido reunir a unos médicos excelentes entre nosotros. Este hospital se ha especializado en leucemias y linfomas por varias razones, pero una de las más importantes es la presencia de la doctora Saura. —Me mira y sonríe con cariño—. Hemos conseguido aplacar más de veinte cánceres infantiles en lo que llevamos de año y eso me hace muy feliz. Pero me he dado cuenta de que Elena, es decir, la doctora Saura, no puede con todo ella sola. Por eso, he conseguido convencer al doctor Martín para que se una al equipo. —Vuelve a carraspear una vez más y dirige su mirada hacia el morenazo, que permanece de pie junto a Antonio observándonos a todos en silencio—. Sé que esperabais que la doctora Saura ocupara ese puesto, pero he decidido que, quizás, lo mejor sea posponer la decisión y que el doctor Martín trabaje con ella, codo con codo.
Se crea un pequeño revuelo en la sala ya que todos los compañeros han empezado a cuchichear acerca de la decisión que Antonio ha tomado.
Yo, por mi parte, estoy atónita. Pestañeo un par de veces, porque no doy crédito a lo que estoy oyendo. Por una parte, no me puedo creer que él de verdad haya pensado en mí para ese puesto. De hecho, estoy segura de que me queda bastante grande y es una responsabilidad enorme que no sé si estoy dispuesta a aceptar. Pero, por otra, tampoco me puedo creer que, si ese puesto iba a ser para mí, no vaya a dármelo porque un tío al que no conozco de nada en absoluto vaya a competir conmigo por él.
Desvío un instante mi mirada de Antonio para encontrar de nuevo los ojos del morenazo fijos sobre mi cara. Está estudiando mi rostro como si fuera algo así como un puzle que debe montar, o un acertijo que resolver. Su escrutinio sobre mis facciones no contribuye a mi buen estado, por lo que siento que debo apartar de nuevo la mirada y respirar profundamente. Empiezo a juguetear con los dedos de mis manos, que reposan sobre la mesa y están fríos y húmedos. La sensación de mis propios dedos me produce rechazo, así que me los restriego con disimulo contra el lateral de los pantalones con el fin de secarlos.
Para ser sincera, me siento como una completa idiota. ¿Cómo es posible que una persona a la que ni siquiera conozco me produzca este tipo de reacción? No me puedo permitir que, a estas alturas del partido, un hombre me haga actuar como si tuviera trece años y el chico que me gustara, dos años mayor que yo, me pidiera ir a dar una vuelta al parque. ¡Por Dios!
Mientras tanto, totalmente ajeno a mis cavilaciones y conjeturas, Antonio sigue hablando sobre el misterioso doctor Martín, que a saber de dónde leches ha salido y qué pacto ha hecho con el diablo para ser tan guapo.
—Como doy por hecho que ya le conocéis, os lo presentaré con brevedad —continúa—. El doctor Martín se ha formado en una de las mejores universidades de Estados Unidos. Además, consiguió finalizar la carrera el primero de su promoción. Ha estado trabajando desde entonces en Washington, Houston y Maryland investigando sobre la actuación de las células cancerígenas del sistema linfático y su reproducción en la médula. Para mí es más que un privilegio poder contar con una eminencia en el tema como él. Seguro que lo conocéis por los artículos publicados en algunas de las revistas más famosas del mundo, como Nature, Cell… —Le mira un momento—. En fin, solo puedo darte la enhorabuena por todo tu trabajo. Y es por eso que espero que la doctora Saura y tú —nos mira a ambos— podáis trabajar juntos.
Espera un momento, porque… ¿de qué te suena eso de doctor Martín? Ay, Dios. ¿Cómo no he podido darme cuenta hasta ahora? ¡Este debe de ser el famoso doctor Martin del que tanto habla Claudia! Joder, no va a creérselo cuando se lo cuente. Mi hermana presume todo el rato de conocer al famosísimo oncólogo especializado en hematología, y… parece que ahora también va a ser mi nuevo compañero y rival. Cuántas bromas habremos compartido entre nosotras porque se llamaba igual que Emilio Aragón en la serie de televisión de los noventa, Médico de familia.
Bueno, de todas formas… Ahora que sé que la posibilidad de quedarme el puesto está ahí, ¡quiero que sea mío!
Antonio me dirige una mirada en silencio, supongo que esperando algún tipo de respuesta por mi parte, pero, para ser sincera, no sé ni qué decir.
Por lo visto, el doctor Martín es más rápido que yo haciéndose cargo de la situación.
—Doctor Ferrer, para mí será un honor trabajar con la doctora Saura. —Su voz, profunda y masculina, inunda la sala dejándome sin respiración una vez más. Me mira un momento y vuelve a dirigirse a Antonio—. Estoy seguro de que entre los dos podremos conseguir avances en el tema.
Puede que me sienta un poco obnubilada por la presencia de este nuevo ejemplar digno de la portada de la revista GQ, pero, hasta donde yo sé, todavía tengo voz y voto. Así que echa el freno, morenazo, que yo aún no he decidido nada.
—Antonio. —Mierda—. Quiero decir, doctor Ferrer, yo no sé si esto es lo que quiero… —consigo decir tras salir de mi trance.
—Mira, Elena —dice mirándome fijamente a los ojos—, sé que quizás esto no es lo que tú tenías en mente, pero es lo que te mereces. Desde que llegaste al hospital has trabajado como la que más, y gracias a ti hemos podido hacer que la vida de esos niños mejore.
—Quiero decir, esto… A ver, no quiero parecer desagradecida, ni mucho menos. —Por Dios, Elena, ¡relájate!—. Lo que pasa es que no esperaba esto. —Sin darme cuenta, he apretado los dedos alrededor de la taza haciendo que me duela la mano. Cuando soy consciente de ello, los aflojo despacio, despegándolos de la cerámica blanca uno a uno, y continúo hablando—. De todas formas, estaré encantada de trabajar con el doctor Martín, si así lo crees conveniente.
Eso, muy bien. Tú, más falsa que Judas.
—Bien —dice, acercándose de nuevo a la mesa y cerrando la carpeta que tenía enfrente—. Entonces no hay más que hablar. Si os parece bien, damos por terminada la reunión. —Vuelve a dirigirse al morenazo y a mí—. Os recomiendo que charléis los dos para conoceros mejor.
Me froto la frente con disimulo y fuerzo una sonrisa.
—Claro.
La gente comienza a levantarse de las sillas y me doy cuenta de que el doctor Martín, del cual todavía no sé su nombre de pila, sigue observándome desde la otra punta de la sala. Algunos compañeros me dan la enhorabuena antes de marcharse y otros me miran con cara de pocos amigos. Qué le voy a hacer si soy mejor que ellos, ¿eh? Se ve que la envidia les corroe. Sin embargo, como es habitual, al morenazo todos le ponen sus mejores sonrisas y pasan a darle la mano antes de volver al trabajo. Las féminas se demoran un poco más de lo estrictamente necesario apretando su mano y felicitándole, y los varones le observan con una mezcla entre curiosidad, respeto y celos. Lo cierto es que lo que más llama mi atención es la respuesta del doctor Martín que, sin ser maleducado, los despacha a todos bastante deprisa, casi sin apartar la mirada de mí.
Cuando la sala está casi en su totalidad vacía y se han terminado las presentaciones, consigo levantarme de la silla y me dirijo con paso lento hacia él, que también se acerca. Todo se enturbia cuando, de repente, al llegar a un metro de distancia aproximadamente, mi pituitaria recibe como un puñetazo su olor masculino: una mezcla de perfume, after shave y menta que hace que mis pies dejen de colaborar y se paren en seco. Consciente de que estoy haciendo el ridículo, me obligo a alargar la mano y presentarme, pero sin acercarme más.
—Doctor Martín, soy Elena Saura. —Él da el último paso que nos separa haciendo que su perfume pase a envolverme por completo y me estrecha la mano en un apretón fuerte. Siento un cosquilleo que va desde la punta de los dedos hasta la base del cuello y la necesidad imperiosa de apartar mi mano de la suya.
—Por favor, llámame Lucas —dice él aún sin soltar mi mano—. Lo de doctor Martín suena demasiado formal y me hace sentir viejo. Además, ese es mi padre.
Sonrío con nerviosismo y tiro de mi mano con disimulo para soltarme. Mis glándulas sudoríparas han decidido ponerse de nuevo en funcionamiento y no quiero pringarle la suya con mis fluidos. Bueno, al menos no con los del sudor de mi mano.
¿Qué? ¿De dónde coño acaba de salir eso?
Siento que me empiezo a poner como un tomate, por mis pensamientos calenturientos, así que me alejo un par de pasos hacia la puerta.
—Encantada, Lucas —digo más alto de lo que debería. A él le debe de hacer gracia mi reacción porque sonríe—. Bueno, pues cuando tengas un rato, charlamos un poco, ¿te parece?
Me giro sobre mí misma y salgo de la sala antes de que le dé tiempo a contestar, porque necesito poner un poco de distancia con este chico.
Joder, está buenísimo. El doctor Martín es algo así como un Adonis… Debe de tener unos treinta y tantos, moreno, alto, ojos verdes… Encima es listo, y huele… ¡cómo huele!
Puf, demasiado para ti. Una vocecita me grita desde mi cabeza.
¡Cállate, puta!
Voy directa a mi despacho y abro el cajón de la mesa donde se encuentra mi bolso. Rebusco entre la montaña de mierda a ver si encuentro el móvil, pero no está. Joder, ya lo he vuelto a perder.
De repente, una lucecita se enciende en mi cabeza y me acuerdo de que lo guardé en el bolsillo del abrigo.
Me levanto y voy hacia el perchero, y lo encuentro justo donde lo dejé.
Abro el whatsapp y les escribo a las Catas.
—Chicas, no os podéis imaginar lo que ha pasado. —Acompaño la letra con el emoticono amarillo que imita a El grito de Munch.
—¿Qué ha pasado? —escribe Sofía de inmediato.
—Tú deberías estar atendiendo a tus pacientes —le regaño porque sé que está en sus horas de consulta.
—Acaba de salir el último, tonta. Tengo media hora para tomarme un café, ¿bajas?
—Voy.
Me guardo el teléfono en el bolsillo de la bata y cojo la cartera. Vuelvo al pasillo y bajo por las escaleras hacia el tercer piso.
Me encuentro con Sofía en mitad del pasillo y ambas bajamos hacia la cafetería en ascensor. Sofía me mira, esperando impaciente a que le cuente qué ha pasado, pero voy a alargar un poco su angustia.
—Te estás pasando —me dice con una ceja levantada mientras esperamos en la cola de la cafetería para que nos atiendan.
Me río un poco, pero espero a que hayamos conseguido los cafés y nos sentemos en una mesa para empezar con mi discurso.
—Venga, ¿quieres decirme algo de una maldita vez? —Sus ojos azules me atraviesan con odio. Sofía, tan sangre latina ella. Y eso que es de Salamanca.
—Vale, vale. No te enfades. —Me carcajeo un poco, pero, al ver que su mirada de odio aumenta, me calmo y comienzo—. Verás, no me han dado el puesto.
—¿¡Qué!? —grita ella.
—Calla, loca, que nos van a echar. —Me río por su reacción.
—Sí, claro —dice ella mirando hacia atrás para comprobar si alguien está prestando atención—. Bueno, a ver, ¿cómo es eso de que no te han dado el puesto?
—Pues resulta que Ferrer quiere aplazar el proceso por el momento. Han contratado a un médico nuevo, Lucas Martín —le digo mientras echo medio sobre de sacarina sobre mi café con leche.
—¿Lucas Martín? ¿El mismo Lucas Martín que trabajaba en Maryland? —dice ella con los ojos como platos.
—Sí, ese mismo. —Asiento con la cabeza—. ¿Por? ¿Le conoces?
—Joder, tía. Le conozco yo y todo médico que se precie. Y eso que ni siquiera trabaja en mi especialidad. ¿Tú no le conocías? —me pregunta sorprendida, haciendo especial hincapié en el «tú».
—Pues la verdad es que no… o sea, al principio no caí en la cuenta de quién era… luego me vino un flash de mi hermana Claudia hablando sobre un tal doctor Martín y sumé uno más uno…
—Anda, que… ya te vale. Menuda empanada que arrastras, guapa. —Levanta ambas cejas con esa expresión de «es que eres tonta».
—Joder, Sof, te juro que estaba tan nerviosa que, en un principio, ni se me había ocurrido pensar que podría ser él…
—Bueno, ¿y qué? ¿Es un cuarentón sexy o un cincuentón barrigudo?
—Ni cuarentón, ni cincuentón, guapa. Más bien es un treintañero to’ buenorro.
—Joder, pues como esté igual de bueno que ese que entra por la puerta con Ferrer…
Me giro con disimulo, ya que estoy de espaldas a la entrada, y veo entrar a Antonio y a Lucas charlando tranquilamente. Antes de que se den cuenta, vuelvo a mirar hacia Sofía que está a punto de ahogarse con la secreción de sus propias glándulas salivales.
—¡Sof, la baba! Que te empieza gotear. —Me río de ella—. Por cierto, sí, es el mismo Lucas.
—Hostia puta, Len. ¿En serio vas a tener que trabajar con santo maromazo? —dice ella con los ojos como platos.
—Eso me temo —digo con resignación—. Además, tía, tampoco es para tanto.
—¿Que no qué? Len, cuando subamos, pásate por la consulta, que tengo que revisarte la vista.
—Ni de coña. —Me río de su broma, negando a la vez con la cabeza.
Ella me hace un gesto con las cejas que creo que, si no se le ha metido nada en el ojo, quiere decir que se acercan a nuestra mesa.
Sofía sonríe con educación a alguien detrás de mí y veo a Antonio aproximándose por el lateral.
—Hola Elena, doctora Solís. —Mira a Sofía—. Vamos a tomarnos un café y charlar un rato. ¿Cómo tienes la mañana? —me pregunta.
—Empiezo consulta a las once, —miro el reloj y veo que son aún las diez y media—, así que todavía tengo un ratito.
—Muy bien. —Me sonríe con ternura—. Os dejo disfrutar del café.
—Gracias. Hasta luego —nos despedimos las dos.
Lucas, o doctor Martín, que ahora que sé quién es no me sale llamarle por su nombre, me echa una mirada rápida y me sonríe. Le hago un gesto con la cabeza y ambos se sientan en otra mesa.
—Zorra —musita Sofía.
—¿Qué pasa? —pregunto sorprendida por, como diría Estela Reynolds[1], ese ataque tan gratuito.
—Le gustas.
—Pero, ¿qué dices? ¿Cómo le voy a gustar? —La voz me sale un poco más aguda de lo que debería.
—Hombre, ya te digo yo que sí. No te ha quitado ojo desde que Ferrer se ha acercado a nosotras. Y, no es por nada, pero yo también estoy de muy buen ver —dice con retintín.
—Ay, Sof —me quejo—, no me metas pájaros en la cabeza que ya sabes cómo soy.
—Bueno, tú hazme caso. Lo que yo te diga.
Maldigo a toda la línea parental de Sofía por meterme esas mierdas en la cabeza. Joder, que soy yo, la que se pilla por el primero que le dice una mongolada.
Evito continuar con el tema mientras terminamos el café. Y no porque no le esté dando vueltas cual loca. Sencillamente, es que Sofía me está contando con pelos y señales el polvo que echó anteayer con su último rollo y no me parece de buena educación interrumpirla con mis paranoias. Sería algo así como «coitus interruptus».
Cuando por fin termina de relatarme cómo la tenía de dura o por qué agujero le ponía más meterla, nos levantamos y volvemos al pasillo en dirección a los ascensores.
La dejo en el tercero y subo al cuarto directamente, para volver a mi despacho. Allí me espera mi enfermera con la lista de pacientes que tengo para el resto de la mañana y enseguida me entretengo leyendo historiales.
La mañana pasa rápido, así que no me doy cuenta de la hora que es hasta que me rugen las tripas de manera muy poco elegante. La madre de la niña que estoy atendiendo ahora mismo me sonríe y le devuelvo la sonrisa, disculpándome por los ruiditos.



Son casi las tres y media. Ya he terminado mi jornada y estoy recogiendo mis cosas de espaldas a la entrada cuando llaman a la puerta antes de abrir.
—¿Puedo pasar? —me pregunta una voz masculina que ya reconozco como la del doctor Martín.
—Sí, claro. Justo salía para comer —le digo aún sin darme la vuelta.
—Ah, bien. Venía a preguntarte si te apetecía comer conmigo.
Dejo de revolver entre los papeles que tengo en las manos y me doy la vuelta rápidamente.
—¿A comer? —repito, incrédula.
—Sí, claro. Yo tengo que comer y tú ibas a hacerlo también, ¿no? A no ser que ya tengas plan, me gustaría que nos conociéramos un poco más, ya que tenemos que trabajar “codo con codo”. —Hace el gesto con los dedos de las comillas, para referirse a la expresión que utilizó Antonio en la reunión.
—Eh… Vale, bien —balbuceo—. La verdad es que no tenía plan.
—Perfecto, entonces. ¿Vamos? —dice saliendo ya del despacho.
—Sí, sí.
Corro nerviosa a recoger el abrigo del perchero y me aseguro de cerrar con llave la puerta del despacho antes de irme.









[1] Personaje de la serie de televisión La que se avecina