sábado, 9 de mayo de 2015

Codo con codo - Capítulo 6

Ya en la calle, la brisa fresca del otoño me despeja un poco los pensamientos. Me siento bien, tranquila y contenta. Y la sonrisa que llevo en los labios le muestra el mundo que soy capaz de ser una chica normal de mi edad sin intenciones de complicarse la vida. Me prohíbo a mí misma que los pensamientos se tornen quejumbrosos y lastimeros, así que me doy una palmadita mental en la espalda por haber salido airosa de la situación. Si la cosa no llega a más, mira, que me quiten lo bailao porque he morreado (como solíamos decir de pequeños) con un tío bueno de los de verdad, además de encantador, listo y divertido.
En cuanto veo la lucecilla verde de un taxi, me aproximo a la acera para pararlo. Y, debe de ser que transmito las buenas vibraciones, porque nunca había conseguido que me hicieran caso tan rápido.
Cuando llego a mi casa, me desvisto con premura y me meto en la ducha, ya que tengo el tiempo justo para ducharme y arreglarme.
El agua caliente me afloja los músculos del cuello y espalda y me ayuda a liberar esa tensión que acumulamos durante el día.
Me lavo el pelo con fuerza, masajeando las raíces con la yema de los dedos y me aplico un poco de acondicionador en las puntas.
Una vez fuera de la ducha, me seco con energía y me planto frente al armario en busca de un modelito.
Al final, me decanto por unos vaqueros pitillo y una camisa amplia de color blanco con brocado en el cuello que me sienta genial. No soy de llevar mucho tacón de forma habitual, pero hoy me decido por unos botines negros con unas buenas alzas, porque sé que todas irán de punta en blanco y no quiero ser menos.
Termino de arreglarme, haciendo especial hincapié en disimular las ojeras a base de capas de chapa y pintura, cojo la cazadora de cuero negra y el bolso y salgo de casa pitando, que ya llego tarde, para variar.
El Deluxe no queda demasiado lejos de mi casa, pero no es que sea yo muy hábil caminando con tacones, además de que pienso beberme hasta el agua de los floreros esta noche, así que cojo un taxi en la parada al final de mi calle.
Cuando abro la puerta del local, veo en el fondo una mesa ocupada por tres chicas, dos morenas y una rubia. Mis amigas. Camino hacia ellas, esquivando a la gente que se arremolina junto a la barra, y Candela, que es la que está mirando al frente, me sonríe mientras me acerco.
—Perdón por el retraso —digo cuando llego junto a ellas. No puedo evitar poner los ojos en blanco al recordar aquel meme tan cruel con la misma frase…
—Ya te conocemos, ¡así que no te hemos ni esperado para pedir! —dice Sofía con ironía.
—Vale, vale. Lo siento. Es que estaba en «algo» cuando me habéis avisado. —Me siento en la mesa y le doy un sorbo al vino que ya tenía servido en la copa, esperándome.
—Huuuuuuy, en algo, ¿eh? —dice Laura con sorna—. ¿Y qué es ese algo? Si se puede saber… ¿o mejor debería decir en «alguien»?
Miro a mis tres amigas, que esperan con expectativa las explicaciones. Me fijo en Candela, que es la más seria de las tres, y veo que me está sonriendo con picardía.
—Bueno, digamos que ese alguien se llama Lucas —respondo mirando hacia otro lado. Un camarero muy mono nos sirve los platos y veo cómo le sonríe a Laura, aunque ella no le presta atención.
—¡Serás cabrona! —grita Sofía—. ¡Te lo dije! ¡Te dije que le gustabas!
El local está a rebosar. Nos encanta el sitio porque está céntrico y la relación calidad/precio es espectacular, pero he de reconocer que la acústica no es demasiado buena, así que tenemos que forzar un poco las cuerdas vocales para hacernos oír sobre el barullo de fondo.
Me río por lo absurdo de la situación. Todas estas conversaciones me parecen un poco surrealistas para chicas de treinta y tantos años.
—A ver, espera —digo entre risas—. ¿Me vas a dejar que os lo cuente o no?
—Dispara. —Es lo único que añade.
Comienzo mi discurso. Les relato cómo me vino a buscar para comer, cómo fue todo en el restaurante, la llamada de Luis y el café en su casa. Me guardo para mí el momento de llorera, más por vergüenza que por otra cosa, pero se parten de risa cuando les cuento cómo escupí el café y cómo eso degeneró en el beso.
—Así que es por eso que estabas de tan mala hostia cuando te llamé, ¿no? —dice Laura—. Estabas al tema y, claro, te corté todo el rollo.
—Tú me dirás, guapa —digo mientras le doy un sorbo a mi copa de vino—. Estábamos en el momento «primer beso» y vas tú ¡y nos interrumpes! —El alcohol nos empieza a hacer un poco de efecto, así que las cuatro nos desternillamos de la risa según les voy contando cómo fue mi tarde.
—¿Y dices que se va a quedar en España una temporada? —pregunta Candela.
—Eso parece. —Asiento con la cabeza un par de veces—. Su padre está bastante enfermo, así que ha venido a echarle una mano a su madre —respondo mientras le doy un bocado a mi comida.
—Vaya, ¿algo grave? —me pregunta Laura.
—Pues tiene Alzheimer. Debe de estar bastante mal para haber decidido aparcar su vida en Estados Unidos para venir aquí. Aunque tampoco me ha dado muchos detalles. —Me encojo de hombros—. No creo que sea algo de lo que le guste hablar.
El camarero regresa con los segundos platos mientras nosotras seguimos charlando animadamente sobre Lucas, el hospital, y cómo no, de cada uno de los hombres de nuestra vida.



Laura lleva varios años con Carlos, con el que está planeando su boda. Tienen una relación muy estable, pero sé que todo el tema de los preparativos está causando estragos en ellos. Como en todos los enlaces, las suegras están echando un pulso para demostrar quién tiene más poder. Más de una vez, ambos han comentado que estarían encantados de mandarlo todo a la mierda e irse a las Vegas. No me imagino a Laura casándose disfrazada de Marilyn y a Carlos de Elvis, pero sé que estarían más que dispuestos para evitar todo el embrollo en el que sus madres les han metido.
Candela rompió hace relativamente poco con Pedro, con el que llevaba un par de años saliendo y todavía no ha superado su ruptura. Así que solo despotrica contra los hombres cada vez que tiene oportunidad. Está mal que yo lo diga, pero es la mejor de las cuatro. A pesar de parecer una persona muy seria, tiene esa clase de carácter que te hace saber cuándo eres importante para ella, desviviéndose por cada una de las personas que están a su alrededor. Cuando nos conocimos en la carrera pensé que me odiaba, no me preguntéis por qué. Supongo que tiene que ver con que de primeras es una persona algo hermética y callada. Pero, con el tiempo, he sabido valorar su personalidad algo introvertida, haciendo que cada detalle que tiene hacia nosotras tenga mucho más valor, porque sabes que es de verdad. De manera que es una pena que su relación con Pedro no cuajara. Siempre habíamos pensado que estaban hechos el uno para el otro. Pero resultó que él no era tan bueno como todas creíamos, cuando hace algunos meses descubrimos que estaba con otra al mismo tiempo.
Sofía, que es la rompecorazones oficial, anda saltando de rollo en rollo. No le he conocido relación seria desde que somos amigas, de eso hace ya unos cuantos años, y parece que no está interesada en encontrarla. Ella dice que, cuando sea vieja, tendrá un montón de perros –ya que, como a mí, no le gustan los gatos– y viajará por todo el mundo. Se convertirá en la «tita Sofía» para nuestros hijos y les consentirá en todo aquello que nosotras no hagamos.
Y, por último, estoy yo. Mi último novio, Dani, y yo rompimos hace ya algunos años. Fui tan ingenua al pensar que iba a ser el amor de mi vida…, pero nuestra relación no era sana. Éramos ese tipo de parejas que se adoran, pero que no paran de discutir. Nos peleábamos tanto que, cuando un día se nos fue de las manos y casi acabamos a golpes, decidimos darnos una tregua. Hubo alguna recaída durante los dos años siguientes a la ruptura e intentamos reconciliarnos un par de veces, pero está claro que los amores pasionales no son tan sanos como los pintan las películas románticas. Yo, por lo menos, no le encontré el sentido y sigo sin hacerlo. Discutir es bueno siempre y cuando sea en su justa medida, y está bien encontrar en la otra persona a alguien con quien tratar los puntos de discordia. Pero creo que dos personas tan temperamentales como lo éramos nosotros dos nunca podrían ser felices juntas. Todo sea dicho, yo estaba muy enamorada. Y sé que él también. Pero no podía ser.
Al poco tiempo, empecé a trabajar en el hospital y conocí a Luis, de modo que Dani pasó al olvido. Y sé que es un tópico y que es bastante posible que tenga poco sentido pillarse por un tío con el que sabes que nunca llegarás a nada más allá que una amistad, pero, gracias a él, conseguí pasar página. Aunque esa página nueva resultó ser menos sana que la anterior. Me acuerdo como si fuera ayer de la primera vez que lo vi. Estaba en mi primer año de residencia y me tocaba el área de psiquiatría. Siempre me he sentido un tanto incómoda tratando con enfermos psiquiátricos, no sé por qué. Supongo que el ser humano en sí mismo ya es demasiado complicado como para añadirle una enfermedad de este tipo. Y, en el área de psiquiatría, lo menos que te puedes encontrar es una persona con depresión. El caso es que ese día estaba especialmente nerviosa, y me estaba tomando una tila en la sala del café. Luis apareció tan tranquilo, con su uniforme de médico, y me dedicó una sonrisa de esas que te dejan sin aliento. Se acercó a mí con paso decidido y se presentó.
—Tú debes de ser Elena —me dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. Me han comentado que estabas un poco nerviosa por tu primer día en psiquiatría. Pero no te preocupes, yo seré tu compañero. —Hizo una pausa como intentando recordar algo importante—. Por cierto, soy Luis —añadió estirando la mano en mi dirección.
La seguridad en sí mismo y la manera de mirarme me hicieron saber que todo iba a estar bien, así que solo pude sonreírle y estrechársela. Supe desde aquel momento que no iba a ser capaz de borrar de mi cabeza esa sonrisa radiante y la sensación de paz que me transmitió. Consiguió que se me olvidara el hecho de estar entre enfermos mentales y que disfrutara de mi tiempo en esa área. Y, a partir de ahí, nos hicimos muy buenos amigos.
Creo haber dejado claro que yo siempre le he considerado algo más que un amigo, pero también era consciente de que él no estaba interesado en otro tipo de relación que no fuera la amistad. Siempre estaba pendiente de mí y sé que se preocupa por lo que me pasa, pero, aquella Nochevieja en mi casa, me quedó bien claro que no iba a pasar nada más entre nosotros.



Cuando hemos terminado de cenar y pagado la cuenta, salimos a la calle en dirección a un bar de copas. No somos muy originales, así que con el paso de los años hemos ido creando una rutina de sitios a los que vamos siempre. El paso siguiente al Deluxe suele ser el Soho así que, como no está demasiado lejos, las cuatro caminamos hacia allí.
Es uno de los locales de moda. Está dividido en dos zonas, una con mesas y sofás y otra con la pista de baile. La verdad es que, si lo que estás buscando es tomar una copa tranquila, no lo recomendaría porque las luces están demasiado bajas y la música muy alta, pero a nosotras nos encanta porque podemos hacer un poco de todo. Si nos apetece echarnos unos bailecitos, solo tenemos que levantarnos de la mesa y caminar unos cuantos pasos. Además, de tanto venir, conocemos a toda la plantilla y siempre tenemos una mesa reservada en nuestro rincón favorito.
Dos gintonic después, estamos todas desternillándonos de la risa por una historia que nos cuenta Laura.
—Y viene el señor y me dice que, aunque tenga setenta años, él quiere seguir activo. Ya me entendéis. —Las risas y el alcohol hacen que la voz de Laura suene turbia.
—¿El tío quería seguir dándole? ¡No me digas! —grita Sofía, partiéndose de la risa.
—Sí, sí, pero espera, que viene lo mejor —digo yo, que ya me conozco la historia.
—Pues lo mejor es que la mujer me decía que no desde atrás con la cabeza, con una cara de susto que no os podéis imaginar. —Laura coge un pañuelo de su bolso, y se seca las comisuras de los ojos empapadas con lágrimas por la risa—. Y claro, yo no sabía qué hacer, porque él estaba muy empeñado en que sí, que quería seguir con el tema. Pero el susto que tenía su mujer era de escándalo.
—¿Y qué hiciste al final? —pregunta Candela descojonándose.
—Pues le hice una receta para Viagra cuando la mujer por fin cedió, pero con la condición de que no le pusiera «muy jovencito». —Termina de contar la historia riéndose histéricamente. Todas acompañamos su ataque, riendo de igual manera.
Debemos de parecer un grupo de hienas borrachas desde fuera, y soy consciente de que un grupo de chicos de unas mesas más allá no nos quita ojo.
—Que no le pusieras muy jovencito —repite Sofía entre carcajadas—. Madre mía, ¡pobre señora! ¿Y no le recetaste a ella un lubricante?
—Hombre, les recomendé que se lo tomaran con mucha calma, que a esas edades las caderas se resienten y que nadie se recupera del todo de una fractura.
—Dios mío, esto es peor que cuando me vinieron dos hermanas a que les revisara la vista —dice Sofía aún riéndose—. La pequeña debía de tener cinco años y le chivaba las letras a su hermana.
—Ay, pobre. —Me río—. Quería ayudar a su hermanita mayor.
—Sí, claro. Pero, al final, tuvimos que sacarla de la sala porque la hermana no veía tres en un burro y no le estaba sirviendo de nada la revisión.
—Madre mía, si es que pasa cada historia en los hospitales… —Candela se seca las lágrimas de los ojos con el dedo mientras niega con la cabeza.
—Perdonad que os moleste, chicas. —Un chico de unos treinta y tantos se ha acercado a nuestra mesa y nosotras ni siquiera nos habíamos dado cuenta—. Pero a mis amigos y a mí nos gustaría invitaros a una copa —dice señalando a la mesa de chicos que no nos quitaba ojo.
—¿Ah sí? —responde Sofía—. Pero, ¿tenéis edad para beber alcohol? —dice entre risas.
—Para beber alcohol y otras muchas cosas —dice él, con una sonrisa traviesa—. Si quieres, te lo demuestro.
—Uuuuuuh —responde ella—. Perro ladrador, poco mordedor —añade mientras lo repasa de arriba abajo con una mirada sugerente—.Yo tomaré un Tanqueray con limón, por favor. ¿Y vosotras, chicas?
—Yo, un Cacique cola —dice Laura apurando el contenido de su vaso aún medio lleno.
—Seagrams con tónica —añado yo.
—¿Y tú, guapa? —le pregunta a Candela con una sonrisa seductora.
—Yo puedo pedirme mi copa, muchas gracias —responde ella de malas maneras.
Todas la miramos sorprendidas, pero el chico sigue sonriendo de la misma manera.
—¿Estás segura, preciosa? —insiste él.
—Tan segura como de que tu presencia aquí me resulta ofensiva. —La cara de Candela es un poema.
A todas nos entra un ataque de risa por la respuesta y la cara de pocos amigos que tiene. Sabía que estaba en contra de los hombres, pero me hace gracia presenciar cómo la callada y tímida Candela está perdiendo los papeles.
Él, ni corto ni perezoso, se da la vuelta hacia la barra con la misma cara de seductor chulito.
—Voy a ir a vigilarle, no vaya a ser que nos eche algún somnífero de esos para caballos en la bebida —dice Sofía mientras se levanta de la mesa y se dirige a la barra.
Observo cómo se aleja mi amiga contoneando las caderas con cada paso. Varios hombres se giran para mirarla, y no me extraña, porque es muy llamativa. La combinación de sus facciones, con su melena oscura ondulada, los ojos rasgados y azules, hace que sea imposible no verla. Y si acompañas el paquete con un cuerpo de escándalo y unos taconazos que dan vértigo solo con mirarlos, además de una personalidad arrolladora, el resultado es un bombonazo de sangre caliente llamado Sofía. Cuando llega junto a la barra, le pasa el brazo por el hombro al chico y comienzan a hablar susurrándose al oído.
Parece que estamos todas un poco ensimismadas observando a nuestra amiga, porque no hemos abierto la boca desde que esta se ha ido.
—¿Qué te ha pasado con el pobre chaval, Cande? —le pregunto cuando vuelvo al mundo real.
—No me ha pasado nada, tía. Es que me molesta la actitud de esa clase de hombres tan chulitos, tan seguros de sí mismos. ¿Se cree que no puedo pagarme una copa, o qué? —dice ella con indignación. Se toquetea el pelo rubio como hace cada vez que está nerviosa o enfadada.
—Venga mujer, no te lo tomes así —dice Laura agarrándola por los hombros—. El chico solo quería ligar un poco.
—Bueno, pues que ligue con vosotras, que yo ya estoy harta —responde Candela, bufando un poco.
Justo cuando estoy intentando contribuir a que se tranquilice el ambiente, Sofía vuelve con dos copas en la mano seguida por nuestro nuevo amigo.
—Se llama Juan —dice ella mientras se gira para mirar al chico—. Estas son Laura y Elena. La que te mira con odio se llama Candela, pero no se lo tomes a mal. No te odia a ti en concreto, solo a tu género en general.
—Ya me dejas más tranquilo —dice él mientras deja las otras copas sobre nuestra mesa y acerca una silla junto a Candela—. ¿Y se puede saber qué te ha hecho mi género, reina?
—Existir —responde ella tajante, mirándole de manera desafiante—. Yo que tú no me acercaba tanto a mí, no vaya a ser que te escupa en un ojo.
—Huy, tienes carácter, ¿eh? —dice él sonriendo con malicia—. Justo como a mí me gustan. Dicen que las respondonas son las más calientes en la cama, ¿lo sabías?
Abro los ojos como platos, porque el chico es un kamikaze total. ¿No le han enseñado nunca que no se puede vacilar a una mujer cabreada?
—No quieras seguir por ahí. —La cara de asco que le pone mi amiga me hace ver que está perdiendo la paciencia. No puedo evitar que toda esta situación me haga gracia y todas observamos la pelea verbal con interés.
—Si esto cada vez se pone más interesante —dice él aproximándose a ella aún más.
No sé en qué momento se han acercado los amigos de Juan a nuestra mesa, pero están cogiendo sillas y colocándose en los huecos que hay entre nosotras. A mi lado se coloca un tío con el pelo castaño oscuro, bastante mediocre físicamente.
—¿Qué les pasa a estos? —me pregunta acercándose a mí.
—Parece que tu amigo ha perdido el instinto de supervivencia y está provocando a mi amiga Candela.
—Mmm, provocando, ¿eh? —La proximidad de este chico hace que sienta que me falta un poco el aire. Está invadiendo mi espacio vital y me pongo muy nerviosa. Además, huelo su aliento cargado de alcohol, lo que me produce un escalofrío—. Soy Jorge, por cierto —añade él, en un tono sensual que no hace más que contribuir a mi mal estado.
—Elena —respondo sin mirarle.
—Bueno, chicas. —Salvada por la campana. El chirrido que produce la silla de Candela contra el suelo al levantarse hace que toda la sala la mire—. Yo ya me he cansado de aguantar gilipolleces. ¿Nos vamos?
—Pero, princesa, ¡qué carácter tienes! —dice Juan mirándola aún con una sonrisa socarrona.
—Tío, ¡que me dejes en paz de una puta vez! ¿Qué parte de que te vayas a la mierda no has entendido? —grita ella ofendida.
—Venga, mujer, no te enfades —dice él con actitud conciliadora—. Solo te estoy tomando el pelo.
Ay amigo, llegas tarde. Lo miro negando con la cabeza, porque no sé quién le ha enseñado al pobre hombre a ligar. ¿No te dabas cuenta de que esa no era una buena táctica?
—Pues ya me he hartado. ¿Nos vamos? —pregunta impaciente.
—Sí, sí. Claro —digo yo mientras le doy el último sorbo a mi copa. Me levanto para salir con ella, que ya ha echado a andar en dirección a la salida.
Laura sale después de mí sin dilación, pero Sofía se ha quedado un poco rezagada. Parece que uno de los amigos de Juan le ha llamado la atención.
—Lo siento, chicas. Pero es que no podía aguantar más memeces de ese subnormal —dice Candela cuando estamos todas ya caminando hacia una parada de taxis.
—No te preocupes, tía —responde Sofía—. La verdad es que se ha puesto un poco pesado.
—Pues sí, aunque se veía que le gustabas, ¿eh, Cande? —interviene Laura.
—Por Dios, pero ¿qué le voy a gustar? —responde ella exasperada—. A ese lo que le pasa es que es un gilipollas engreído.
—Que no, tía —digo yo—. Se notaba a leguas que le molabas, aunque tenía una técnica muy poco depurada en el arte del flirteo. Por cierto, Sof, ¿has conseguido el número del guaperas que tenías al lado?
—Hombre, ¿qué te crees si no que estaba haciendo? —dice ella riendo.
Ya en la parada, nos despedimos con un abrazo y cada una cogemos un taxi para que nos lleve a casa.
Para cuando llego a la mía, son las cinco de la mañana y estoy molida. Lo primero que hago es quitarme los botines con un par de patadas y lanzarlos bien lejos. ¡Cómo me duelen los pies! Cojeo hasta la cocina e inspecciono el contenido de la nevera a ver si hay algo que pueda comer, pero no hay más que huevos y unos yogures a punto de caducar, así que me resigno a coger un trozo de pan duro que sobró de ayer. Me tomo un ibuprofeno con un vaso de agua, ya que mañana iré a comer a casa de mis padres y no me apetece levantarme con una resaca de mil demonios.
Me preparo para dormir y me meto en la cama. Una vez dentro, las sábanas fresquitas me abrazan y cojo el móvil para programar la alarma del despertador. Suspiro rememorando todo lo que me ha pasado hoy. Ha sido un día muy largo, la verdad. Pienso en Lucas, en sus ojos verdes y sus labios gruesos. Me entra una risita infantil al recordar el beso y cierro los ojos intentando conservar en mi memoria la sensación que tuve al estar contra él y, no sé cuándo ni cómo, pero, finalmente, me duermo.

viernes, 8 de mayo de 2015

Codo con codo - Capítulo 2

Estoy dándole un sorbo al café que, para qué mentirnos, sabe a rayos y centellas, cuando la puerta vuelve a abrirse y aparece un hombre. Pero no un hombre con pintas de señor de sesenta años. No. Un morenazo de esos que te quita el hipo si se digna a echarte una miradita de reojo –tampoco vamos a pedir más, que ya bastante es que ha reparado en tu existencia–. Es tal la impresión que el chico causa en mí que el café tiene la desfachatez de cambiarse de conducto y pasar a mis vías respiratorias. Como es obvio, el ataque de tos que estoy sufriendo me delata, así que el compañero que tengo sentado al lado comienza a darme unos golpecitos en la espalda.
Perfecto, Elena, si es que eres la reina de la finura.
Ahora no solo estoy roja por el ataque de tos, sino porque todo el mundo en la sala está mirándome, creo que preocupados por si no consigo pasar este trago, y nunca mejor dicho.
Cuando la maldita gota de café sale de mi laringe, permanezco unos segundos intentando tranquilizar mi respiración, que aún sigue afectada. Me seco rápidamente un par de lágrimas que se me acumulan en la comisura de los ojos y me sorbo los mocos de la manera más discreta que puedo.
—Uf, perdón —digo cuando consigo entonar palabra.
Por fin, levanto la vista, que se me había quedado atascada entre el infierno y el más allá, para poder mirar con detenimiento al chico que acaba de entrar por la puerta. No soy consciente hasta unos segundos más tarde de que acabo de cometer el mayor error de mi vida al hacerlo. Él se sitúa de pie, al lado de Antonio, y le dedica unos segundos a recorrer la sala con la mirada. Sus pupilas no tardan en encontrarse con las mías, que le esperan impacientes. Creo que puedo incluso notar la reacción de su cuerpo ante esta coincidencia. Es como si, de repente, su manera de ver las cosas hubiera cambiado. De hecho, la intensidad de su mirada es tal que un escalofrío me recorre el cuerpo de arriba abajo haciendo que la piel de la nuca se me ponga de gallina y las palmas de las manos empiecen a sudarme. Desde esta distancia no soy capaz de vislumbrar si sus ojos son verdes o del color de la miel. Lo único que tengo claro es que son lo más enigmático y magnético que haya tenido la oportunidad de ver hasta este momento.
Me obligo a mí misma a apartar la mirada, aunque soy consciente de que sus ojos siguen fijos en mí. Pero, de repente, me siento abrumada por tantas sensaciones. No puedo soportar el latido errático de mi corazón, que golpea desbocado contra mi caja torácica. Bajo la vista hacia la mesa y recoloco los papeles que tengo frente a mí, aunque solo sea por mantener mis manos ocupadas y no llevármelas al pecho. Respiro un par de veces por la nariz para tranquilizarme y, por suerte, esto también me sirve como disimulo por el ataque de tos previo.
Cuando creo que he sido capaz de normalizar mi respiración, mi corazón y mis nervios, suelto un último suspiro y me preparo psicológicamente para la que creo será la reunión más importante y decisiva de toda mi vida.
Miro directamente a Antonio, que espera con el ceño fruncido de preocupación a que me estabilice. Pero, cuando ve que estoy más tranquila, decide dar comienzo a la sesión.
—Bien, bueno, —se levanta de la silla para situarse a la misma altura que el chico y comienza con su discurso algo nervioso—, después de este pequeño incidente y, en vista de que ya estamos todos, vamos a empezar. —Carraspea un poco y continúa—. Como todos sabréis, el doctor Ramírez se jubila, dejando libre el puesto de jefe de oncología infantil. —Hace una pausa recorriendo la sala con la mirada—. Estoy muy orgulloso del equipo que hemos ido formando con el paso del tiempo, ya que hemos conseguido reunir a unos médicos excelentes entre nosotros. Este hospital se ha especializado en leucemias y linfomas por varias razones, pero una de las más importantes es la presencia de la doctora Saura. —Me mira y sonríe con cariño—. Hemos conseguido aplacar más de veinte cánceres infantiles en lo que llevamos de año y eso me hace muy feliz. Pero me he dado cuenta de que Elena, es decir, la doctora Saura, no puede con todo ella sola. Por eso, he conseguido convencer al doctor Martín para que se una al equipo. —Vuelve a carraspear una vez más y dirige su mirada hacia el morenazo, que permanece de pie junto a Antonio observándonos a todos en silencio—. Sé que esperabais que la doctora Saura ocupara ese puesto, pero he decidido que, quizás, lo mejor sea posponer la decisión y que el doctor Martín trabaje con ella, codo con codo.
Se crea un pequeño revuelo en la sala ya que todos los compañeros han empezado a cuchichear acerca de la decisión que Antonio ha tomado.
Yo, por mi parte, estoy atónita. Pestañeo un par de veces, porque no doy crédito a lo que estoy oyendo. Por una parte, no me puedo creer que él de verdad haya pensado en mí para ese puesto. De hecho, estoy segura de que me queda bastante grande y es una responsabilidad enorme que no sé si estoy dispuesta a aceptar. Pero, por otra, tampoco me puedo creer que, si ese puesto iba a ser para mí, no vaya a dármelo porque un tío al que no conozco de nada en absoluto vaya a competir conmigo por él.
Desvío un instante mi mirada de Antonio para encontrar de nuevo los ojos del morenazo fijos sobre mi cara. Está estudiando mi rostro como si fuera algo así como un puzle que debe montar, o un acertijo que resolver. Su escrutinio sobre mis facciones no contribuye a mi buen estado, por lo que siento que debo apartar de nuevo la mirada y respirar profundamente. Empiezo a juguetear con los dedos de mis manos, que reposan sobre la mesa y están fríos y húmedos. La sensación de mis propios dedos me produce rechazo, así que me los restriego con disimulo contra el lateral de los pantalones con el fin de secarlos.
Para ser sincera, me siento como una completa idiota. ¿Cómo es posible que una persona a la que ni siquiera conozco me produzca este tipo de reacción? No me puedo permitir que, a estas alturas del partido, un hombre me haga actuar como si tuviera trece años y el chico que me gustara, dos años mayor que yo, me pidiera ir a dar una vuelta al parque. ¡Por Dios!
Mientras tanto, totalmente ajeno a mis cavilaciones y conjeturas, Antonio sigue hablando sobre el misterioso doctor Martín, que a saber de dónde leches ha salido y qué pacto ha hecho con el diablo para ser tan guapo.
—Como doy por hecho que ya le conocéis, os lo presentaré con brevedad —continúa—. El doctor Martín se ha formado en una de las mejores universidades de Estados Unidos. Además, consiguió finalizar la carrera el primero de su promoción. Ha estado trabajando desde entonces en Washington, Houston y Maryland investigando sobre la actuación de las células cancerígenas del sistema linfático y su reproducción en la médula. Para mí es más que un privilegio poder contar con una eminencia en el tema como él. Seguro que lo conocéis por los artículos publicados en algunas de las revistas más famosas del mundo, como Nature, Cell… —Le mira un momento—. En fin, solo puedo darte la enhorabuena por todo tu trabajo. Y es por eso que espero que la doctora Saura y tú —nos mira a ambos— podáis trabajar juntos.
Espera un momento, porque… ¿de qué te suena eso de doctor Martín? Ay, Dios. ¿Cómo no he podido darme cuenta hasta ahora? ¡Este debe de ser el famoso doctor Martin del que tanto habla Claudia! Joder, no va a creérselo cuando se lo cuente. Mi hermana presume todo el rato de conocer al famosísimo oncólogo especializado en hematología, y… parece que ahora también va a ser mi nuevo compañero y rival. Cuántas bromas habremos compartido entre nosotras porque se llamaba igual que Emilio Aragón en la serie de televisión de los noventa, Médico de familia.
Bueno, de todas formas… Ahora que sé que la posibilidad de quedarme el puesto está ahí, ¡quiero que sea mío!
Antonio me dirige una mirada en silencio, supongo que esperando algún tipo de respuesta por mi parte, pero, para ser sincera, no sé ni qué decir.
Por lo visto, el doctor Martín es más rápido que yo haciéndose cargo de la situación.
—Doctor Ferrer, para mí será un honor trabajar con la doctora Saura. —Su voz, profunda y masculina, inunda la sala dejándome sin respiración una vez más. Me mira un momento y vuelve a dirigirse a Antonio—. Estoy seguro de que entre los dos podremos conseguir avances en el tema.
Puede que me sienta un poco obnubilada por la presencia de este nuevo ejemplar digno de la portada de la revista GQ, pero, hasta donde yo sé, todavía tengo voz y voto. Así que echa el freno, morenazo, que yo aún no he decidido nada.
—Antonio. —Mierda—. Quiero decir, doctor Ferrer, yo no sé si esto es lo que quiero… —consigo decir tras salir de mi trance.
—Mira, Elena —dice mirándome fijamente a los ojos—, sé que quizás esto no es lo que tú tenías en mente, pero es lo que te mereces. Desde que llegaste al hospital has trabajado como la que más, y gracias a ti hemos podido hacer que la vida de esos niños mejore.
—Quiero decir, esto… A ver, no quiero parecer desagradecida, ni mucho menos. —Por Dios, Elena, ¡relájate!—. Lo que pasa es que no esperaba esto. —Sin darme cuenta, he apretado los dedos alrededor de la taza haciendo que me duela la mano. Cuando soy consciente de ello, los aflojo despacio, despegándolos de la cerámica blanca uno a uno, y continúo hablando—. De todas formas, estaré encantada de trabajar con el doctor Martín, si así lo crees conveniente.
Eso, muy bien. Tú, más falsa que Judas.
—Bien —dice, acercándose de nuevo a la mesa y cerrando la carpeta que tenía enfrente—. Entonces no hay más que hablar. Si os parece bien, damos por terminada la reunión. —Vuelve a dirigirse al morenazo y a mí—. Os recomiendo que charléis los dos para conoceros mejor.
Me froto la frente con disimulo y fuerzo una sonrisa.
—Claro.
La gente comienza a levantarse de las sillas y me doy cuenta de que el doctor Martín, del cual todavía no sé su nombre de pila, sigue observándome desde la otra punta de la sala. Algunos compañeros me dan la enhorabuena antes de marcharse y otros me miran con cara de pocos amigos. Qué le voy a hacer si soy mejor que ellos, ¿eh? Se ve que la envidia les corroe. Sin embargo, como es habitual, al morenazo todos le ponen sus mejores sonrisas y pasan a darle la mano antes de volver al trabajo. Las féminas se demoran un poco más de lo estrictamente necesario apretando su mano y felicitándole, y los varones le observan con una mezcla entre curiosidad, respeto y celos. Lo cierto es que lo que más llama mi atención es la respuesta del doctor Martín que, sin ser maleducado, los despacha a todos bastante deprisa, casi sin apartar la mirada de mí.
Cuando la sala está casi en su totalidad vacía y se han terminado las presentaciones, consigo levantarme de la silla y me dirijo con paso lento hacia él, que también se acerca. Todo se enturbia cuando, de repente, al llegar a un metro de distancia aproximadamente, mi pituitaria recibe como un puñetazo su olor masculino: una mezcla de perfume, after shave y menta que hace que mis pies dejen de colaborar y se paren en seco. Consciente de que estoy haciendo el ridículo, me obligo a alargar la mano y presentarme, pero sin acercarme más.
—Doctor Martín, soy Elena Saura. —Él da el último paso que nos separa haciendo que su perfume pase a envolverme por completo y me estrecha la mano en un apretón fuerte. Siento un cosquilleo que va desde la punta de los dedos hasta la base del cuello y la necesidad imperiosa de apartar mi mano de la suya.
—Por favor, llámame Lucas —dice él aún sin soltar mi mano—. Lo de doctor Martín suena demasiado formal y me hace sentir viejo. Además, ese es mi padre.
Sonrío con nerviosismo y tiro de mi mano con disimulo para soltarme. Mis glándulas sudoríparas han decidido ponerse de nuevo en funcionamiento y no quiero pringarle la suya con mis fluidos. Bueno, al menos no con los del sudor de mi mano.
¿Qué? ¿De dónde coño acaba de salir eso?
Siento que me empiezo a poner como un tomate, por mis pensamientos calenturientos, así que me alejo un par de pasos hacia la puerta.
—Encantada, Lucas —digo más alto de lo que debería. A él le debe de hacer gracia mi reacción porque sonríe—. Bueno, pues cuando tengas un rato, charlamos un poco, ¿te parece?
Me giro sobre mí misma y salgo de la sala antes de que le dé tiempo a contestar, porque necesito poner un poco de distancia con este chico.
Joder, está buenísimo. El doctor Martín es algo así como un Adonis… Debe de tener unos treinta y tantos, moreno, alto, ojos verdes… Encima es listo, y huele… ¡cómo huele!
Puf, demasiado para ti. Una vocecita me grita desde mi cabeza.
¡Cállate, puta!
Voy directa a mi despacho y abro el cajón de la mesa donde se encuentra mi bolso. Rebusco entre la montaña de mierda a ver si encuentro el móvil, pero no está. Joder, ya lo he vuelto a perder.
De repente, una lucecita se enciende en mi cabeza y me acuerdo de que lo guardé en el bolsillo del abrigo.
Me levanto y voy hacia el perchero, y lo encuentro justo donde lo dejé.
Abro el whatsapp y les escribo a las Catas.
—Chicas, no os podéis imaginar lo que ha pasado. —Acompaño la letra con el emoticono amarillo que imita a El grito de Munch.
—¿Qué ha pasado? —escribe Sofía de inmediato.
—Tú deberías estar atendiendo a tus pacientes —le regaño porque sé que está en sus horas de consulta.
—Acaba de salir el último, tonta. Tengo media hora para tomarme un café, ¿bajas?
—Voy.
Me guardo el teléfono en el bolsillo de la bata y cojo la cartera. Vuelvo al pasillo y bajo por las escaleras hacia el tercer piso.
Me encuentro con Sofía en mitad del pasillo y ambas bajamos hacia la cafetería en ascensor. Sofía me mira, esperando impaciente a que le cuente qué ha pasado, pero voy a alargar un poco su angustia.
—Te estás pasando —me dice con una ceja levantada mientras esperamos en la cola de la cafetería para que nos atiendan.
Me río un poco, pero espero a que hayamos conseguido los cafés y nos sentemos en una mesa para empezar con mi discurso.
—Venga, ¿quieres decirme algo de una maldita vez? —Sus ojos azules me atraviesan con odio. Sofía, tan sangre latina ella. Y eso que es de Salamanca.
—Vale, vale. No te enfades. —Me carcajeo un poco, pero, al ver que su mirada de odio aumenta, me calmo y comienzo—. Verás, no me han dado el puesto.
—¿¡Qué!? —grita ella.
—Calla, loca, que nos van a echar. —Me río por su reacción.
—Sí, claro —dice ella mirando hacia atrás para comprobar si alguien está prestando atención—. Bueno, a ver, ¿cómo es eso de que no te han dado el puesto?
—Pues resulta que Ferrer quiere aplazar el proceso por el momento. Han contratado a un médico nuevo, Lucas Martín —le digo mientras echo medio sobre de sacarina sobre mi café con leche.
—¿Lucas Martín? ¿El mismo Lucas Martín que trabajaba en Maryland? —dice ella con los ojos como platos.
—Sí, ese mismo. —Asiento con la cabeza—. ¿Por? ¿Le conoces?
—Joder, tía. Le conozco yo y todo médico que se precie. Y eso que ni siquiera trabaja en mi especialidad. ¿Tú no le conocías? —me pregunta sorprendida, haciendo especial hincapié en el «tú».
—Pues la verdad es que no… o sea, al principio no caí en la cuenta de quién era… luego me vino un flash de mi hermana Claudia hablando sobre un tal doctor Martín y sumé uno más uno…
—Anda, que… ya te vale. Menuda empanada que arrastras, guapa. —Levanta ambas cejas con esa expresión de «es que eres tonta».
—Joder, Sof, te juro que estaba tan nerviosa que, en un principio, ni se me había ocurrido pensar que podría ser él…
—Bueno, ¿y qué? ¿Es un cuarentón sexy o un cincuentón barrigudo?
—Ni cuarentón, ni cincuentón, guapa. Más bien es un treintañero to’ buenorro.
—Joder, pues como esté igual de bueno que ese que entra por la puerta con Ferrer…
Me giro con disimulo, ya que estoy de espaldas a la entrada, y veo entrar a Antonio y a Lucas charlando tranquilamente. Antes de que se den cuenta, vuelvo a mirar hacia Sofía que está a punto de ahogarse con la secreción de sus propias glándulas salivales.
—¡Sof, la baba! Que te empieza gotear. —Me río de ella—. Por cierto, sí, es el mismo Lucas.
—Hostia puta, Len. ¿En serio vas a tener que trabajar con santo maromazo? —dice ella con los ojos como platos.
—Eso me temo —digo con resignación—. Además, tía, tampoco es para tanto.
—¿Que no qué? Len, cuando subamos, pásate por la consulta, que tengo que revisarte la vista.
—Ni de coña. —Me río de su broma, negando a la vez con la cabeza.
Ella me hace un gesto con las cejas que creo que, si no se le ha metido nada en el ojo, quiere decir que se acercan a nuestra mesa.
Sofía sonríe con educación a alguien detrás de mí y veo a Antonio aproximándose por el lateral.
—Hola Elena, doctora Solís. —Mira a Sofía—. Vamos a tomarnos un café y charlar un rato. ¿Cómo tienes la mañana? —me pregunta.
—Empiezo consulta a las once, —miro el reloj y veo que son aún las diez y media—, así que todavía tengo un ratito.
—Muy bien. —Me sonríe con ternura—. Os dejo disfrutar del café.
—Gracias. Hasta luego —nos despedimos las dos.
Lucas, o doctor Martín, que ahora que sé quién es no me sale llamarle por su nombre, me echa una mirada rápida y me sonríe. Le hago un gesto con la cabeza y ambos se sientan en otra mesa.
—Zorra —musita Sofía.
—¿Qué pasa? —pregunto sorprendida por, como diría Estela Reynolds[1], ese ataque tan gratuito.
—Le gustas.
—Pero, ¿qué dices? ¿Cómo le voy a gustar? —La voz me sale un poco más aguda de lo que debería.
—Hombre, ya te digo yo que sí. No te ha quitado ojo desde que Ferrer se ha acercado a nosotras. Y, no es por nada, pero yo también estoy de muy buen ver —dice con retintín.
—Ay, Sof —me quejo—, no me metas pájaros en la cabeza que ya sabes cómo soy.
—Bueno, tú hazme caso. Lo que yo te diga.
Maldigo a toda la línea parental de Sofía por meterme esas mierdas en la cabeza. Joder, que soy yo, la que se pilla por el primero que le dice una mongolada.
Evito continuar con el tema mientras terminamos el café. Y no porque no le esté dando vueltas cual loca. Sencillamente, es que Sofía me está contando con pelos y señales el polvo que echó anteayer con su último rollo y no me parece de buena educación interrumpirla con mis paranoias. Sería algo así como «coitus interruptus».
Cuando por fin termina de relatarme cómo la tenía de dura o por qué agujero le ponía más meterla, nos levantamos y volvemos al pasillo en dirección a los ascensores.
La dejo en el tercero y subo al cuarto directamente, para volver a mi despacho. Allí me espera mi enfermera con la lista de pacientes que tengo para el resto de la mañana y enseguida me entretengo leyendo historiales.
La mañana pasa rápido, así que no me doy cuenta de la hora que es hasta que me rugen las tripas de manera muy poco elegante. La madre de la niña que estoy atendiendo ahora mismo me sonríe y le devuelvo la sonrisa, disculpándome por los ruiditos.



Son casi las tres y media. Ya he terminado mi jornada y estoy recogiendo mis cosas de espaldas a la entrada cuando llaman a la puerta antes de abrir.
—¿Puedo pasar? —me pregunta una voz masculina que ya reconozco como la del doctor Martín.
—Sí, claro. Justo salía para comer —le digo aún sin darme la vuelta.
—Ah, bien. Venía a preguntarte si te apetecía comer conmigo.
Dejo de revolver entre los papeles que tengo en las manos y me doy la vuelta rápidamente.
—¿A comer? —repito, incrédula.
—Sí, claro. Yo tengo que comer y tú ibas a hacerlo también, ¿no? A no ser que ya tengas plan, me gustaría que nos conociéramos un poco más, ya que tenemos que trabajar “codo con codo”. —Hace el gesto con los dedos de las comillas, para referirse a la expresión que utilizó Antonio en la reunión.
—Eh… Vale, bien —balbuceo—. La verdad es que no tenía plan.
—Perfecto, entonces. ¿Vamos? —dice saliendo ya del despacho.
—Sí, sí.
Corro nerviosa a recoger el abrigo del perchero y me aseguro de cerrar con llave la puerta del despacho antes de irme.









[1] Personaje de la serie de televisión La que se avecina



Codo con codo - Capítulo 1

—¡Joder! Otra vez voy a llegar tarde. —Los tacones de mis zapatos golpean las baldosas de mármol de la escalera de mi edificio haciendo ruido. Demasiado ruido para ser las ocho y media de la mañana—. Buenos días, Filomena —saludo sin muchas ganas a la vieja cotilla que vive en el segundo, al pasar junto a su puerta.
—Buenos días, Elena. Otro día que vas con retraso —me dice la muy bruja con recochineo.
—Eso parece, sí.
«Mala pécora»
A veces pienso tan alto que tengo miedo de que me oiga. La muy asquerosa tuerce el gesto y vuelve a meterse en su casa, con el gato en brazos.
Filomena es una solterona de unos setenta años que vive con tres gatos. Uno gris, uno negro y un siamés.
Digamos que los gatos y yo –los animales en general y yo– no somos demasiado amigos. Y menos aún cuando estos, es decir, sus gatos tienen especial gusto por colarse en mi casa por la ventana de la cocina, que, para mi desgracia, da hacia el patio. No os cuento qué susto me llevé un día cuando, al llegar de la compra, me encontré con dos ojos brillantes esperándome en el pasillo. Casi me da un ataque al corazón. Y no solo por el susto de encontrarme un maldito gato ajeno en mi casa, sino por la media hora que estuve limpiando de rodillas la docena de huevos que se me cayó al suelo.
Así que la señora de marras me tiene un poco de tirria desde que una yo sudada y despeinada tras la limpieza apareció en su puerta con su maldito gato. Echando sapos por la boca, por supuesto, ya que el gatito no se había dedicado únicamente a asustarme. No. El tío se había estado meando en cada superficie mullida de mi casa. Véase: en mi cama, en mi sofá, en todos mis cojines e incluso en la alfombra de la ducha. Y claro, viendo que quitar aquel olor a orines iba a llevar más que la media hora de rodillas en el suelo, se me subió la mala hostia. Así que el gato bajó al segundo sin demasiado cuidado por mi parte, y parece ser que eso a ella no le hizo mucha gracia.
Después de estar meses llamándome maltratadora de animales, ahora solo me jode por las mañanas, recordándome lo tarde que voy.
A veces incluso, como hoy, me retiene el ascensor en su piso para hacerme bajar escaleras y así recordarme también los kilitos que me sobran por no hacer ejercicio.
 Mire, señora, todavía tengo cuarenta años de margen para evitar llegar a su edad tan mal como usted. ¡Amargada!



Todas las mañanas me pasa lo mismo. Soy un desastre, lo reconozco. Admito que me gusta demasiado retrasar la alarma del despertador.
«Snooze»
Nota para los fabricantes de despertadores: entiendo que, en realidad, el snooze es una buena estrategia para que la gente como yo no llegue tarde al trabajo. Pero el problema es que mi cerebro somnoliento es mucho más inteligente que yo y ha adquirido la habilidad de retrasar la alarma sin que yo sea siquiera consciente de ello. Así que, hagan el favor, apúntense el dato para la próxima e inventen otra cosa más efectiva. Que, a las pruebas me remito, su truquito no está funcionando correctamente conmigo.

Maldita opción. Si mi subconsciente no supiera que está ahí, no me dormiría. Estoy segura al cien por cien. Pero resulta que llevo demasiados años perfeccionando la técnica de «retrasar la alarma», así que ya no hay manera de engañarme. Y mira que lo he intentado todo: poniendo alarmas cada cinco minutos, cambiando la melodía a la misma de mi tono de llamada en el móvil e, incluso, colocando el despertador en la estantería de libros de mi cuarto para hacerme levantar de la cama. Y de todas las formas me he dormido. Y no es que me considere yo un ser demasiado dormilón. No. Creo que lo que me ocurre está totalmente justificado, y es que me entretengo demasiado sin hacer nada durante las noches, alargando la hora del sueño hasta las tres de la mañana. Y, teniendo en cuenta que me despierto –o, al menos, eso dice mi primera alarma– a las siete, pues claro, es normal que a una se le peguen las sábanas.




Sigo bajando los escalones a toda prisa, aun sabiendo que es bastante probable que medio vecindario se cague en toda mi estirpe. Pero no puedo llegar tarde. Hoy menos que nunca.
Cuando llego al portal, me doy cuenta de que me he dejado las llaves del coche en la mesita del recibidor.
¡Dios mío! Mi día no puede empeorar más.
Resoplo, expulsando todo el aire que mis pulmones atrofiados por la falta de práctica de bajar escaleras son capaces de almacenar, y me resigno a coger un taxi.
Joder, es que no puedo llegar tarde. Hoy no, por favor.
Me acerco a la parada de taxis más cercana a mi casa, al final de la calle. Por suerte, hay uno esperándome con su lucecita verde tan mona, y me dan ganas de besar el capó por no haber tenido que esperar a que llegara uno.
Abro la puerta sin demora y saludo a la señora taxista. Cómo me gusta que ya no sean solo señores bigotudos.
—Al hospital de Santa Catalina, por favor —le digo aún resoplando por el esfuerzo de bajar las escaleras.
La señora pone el taxi en marcha sin mediar palabra. Bueno, quizás los taxistas señores son más amables… con eso de que eres una chica y tal.
En fin, no tengo ni ganas ni tiempo de mantener una conversación con la taxista, así que me regaño mentalmente por haberme ofendido y saco del bolso el espejito y la barra de labios que no me ha dado tiempo a ponerme en casa.
Hoy es un día importante porque se decidirá quién va a ser el jefe de la sección de oncología infantil en el hospital donde trabajo. Sí, soy pediatra. Siempre me han gustado demasiado los niños y, como de maestra no me veía ya que no tengo tanta paciencia, me decidí por la medicina infantil. A mis treinta y un años, he conseguido mi residencia y estoy muy orgullosa por ello, pero todavía me queda mucho por aprender. Sé que las probabilidades de que me den el puesto son casi nulas, pero de esperanzas vive el hombre –o la mujer, en este caso–. Así que no puedo desestimar esa posibilidad… Aunque, siendo honesta conmigo misma, tengo que admitir que me he dejado el lomo para ser alguien dentro del área en el que trabajo. Y eso es algo que me gustaría que se reconociera. A pesar de ser una de las personas más jóvenes, y encima del sexo femenino –que, no es por nada, pero todavía se nota la desigualdad de sexos, incluso en los hospitales– soy consciente de que, no sé si por suerte o por qué, destaco entre el resto de compañeros, que no dan palo al agua. De cualquier forma, tenemos una reunión a las nueve de la mañana y, si llego tarde, será el fin de mis oportunidades.
Compruebo en mi espejito de mano no tener nada fuera de lugar. Mi pelo castaño oscuro, que según el día y el grado de humedad del aire puede pasar de ser liso “gracioso” a ondulado, parece estar en su sitio y el lápiz de ojos aún no se ha corrido, a pesar de la sudada. Lo guardo sin mucho cuidado en el bolso y compruebo el teléfono móvil. El icono del whatsapp me indica que tengo treinta y dos mensajes sin leer, y sé que la mayoría vienen del grupo «Una Cata para el Duque».
Mis compañeras de trabajo –y mejores amigas– y yo seguimos bromeando con la serie Sin tetas no hay paraíso ya que nos consideramos «Las Catas». Del Hospital de Santa Catalina, por si no lo habíais pillado. Abro la aplicación con una sonrisa y veo que mis compis me han dejado un montón de mensajes con «Suerte» o «Yes, you can».
 Les contesto que no esperen nada, porque no me lo van a dar, pero me riñen por mi actitud negativa.
—Tía, así ¿cómo te van a ofrecer el puesto? —escribe Sofía.
—Buuuuuuuu —bufa Candela haciendo más énfasis con el icono del pulgar hacia abajo.
—Ay, dejadme en paz. Que al final me voy a creer que tengo alguna posibilidad —me quejo acompañando mi discurso lastimero con un emoticono llorón.
—Venga, sea lo que sea, ¡esta noche lo celebraremos! —escribe Laura.
—¡Hecho! Os dejo, que ya he llegado. Wish me luck[1].
GOOD LUUUUCK!—escriben todas.
Guardo el teléfono en el bolsillo del abrigo y saco la cartera para pagar a la taxista que me mira impaciente a través del retrovisor.
Joder, vaya robo. Diecisiete euracos por quince minutos en el taxi. Le doy un billete de veinte y me devuelve el cambio sin ni siquiera darme las gracias. Me parece que alguien no se ha tomado All-bran esta mañana…
Salgo del coche y subo corriendo las escaleras que dan a la puerta del hospital. Es un edificio robusto, de piedra grisácea, construido hacia los años veinte a partir del dinero de una fundación filantrópica. Durante la guerra civil, fue cárcel y hospital para moribundos. Y, aunque por dentro está renovado y han ampliado la parte trasera, que se había quedado pequeña, todavía mantiene ese aspecto un tanto siniestro que me pone la piel de gallina, a pesar del tiempo que ha pasado desde aquella época.
Lo único bueno que tiene es que está rodeado por un parque lleno de árboles y, además, hay un gran parking en uno de los laterales, donde no suele haber problemas para dejar el coche. Lo peor son las largas escaleras que hay que subir para entrar. Se ve que en la época en la que se construyó el edificio no se tenía en cuenta a los pobres minusválidos ni a las chicas treintañeras tan vagas como yo. Para los minusválidos, se ha añadido una rampa con una barandilla metálica. Para mí, no hay solución que valga.
Sin pararme demasiado, saludo a Josefina, una de las chicas de recepción, y voy directa a la zona de ascensores, que se encuentra al final del hall, en uno de los laterales.
Pulso el botón y espero a que llegue. Estoy muy impaciente, por lo que miro el reloj para ver cuánto tiempo tengo. Aún son las nueve menos diez, así que me da tiempo a ir a la consulta y coger la bata. Menos mal.
Siento una presencia a mi lado, pero no estoy de humor para prestarle atención. No lo hago hasta que un brazo rodea mi hombro y huelo su colonia. Luis, el futuro padre de mis hijos (si él quisiera) y mi mejor amigo, me aprieta contra su costado y acerca su boca a mi oreja.
—Buena suerte, guapa. Lo vas a hacer genial —susurra en mi oído.
Un escalofrío me sube a través de la columna vertebral haciendo que los pelos de la nuca se me ericen. Joder, sabe que tengo debilidad por él y, aun así, sigue jugando conmigo.
—Luis, no es ni el momento ni el lugar para ponerse tontorrón —bromeo con él dándole un suave codazo en las costillas para intentar disimular que para mí esto no es algo más serio—. Suéltame, no vaya a ser que tengamos que echar un polvo contra las paredes del ascensor.
Él se ríe. De su boca sale una carcajada de verdad y me suelta, no sin antes acariciarme la piel detrás de la oreja.
—Si no echamos un polvo contra la pared del ascensor es porque tú no quieres, Elena. No me eches a mí la culpa para no sentirte mal contigo misma.
Nuestra relación es rara. Siempre tenemos este tonteo absurdo, que no sé a dónde llegará, o si llegará algún día a ningún sitio. Pero no puedo caer en su trampa. Le conozco desde hace siete años y sé que dentro de sus planes no entra tener una relación seria. Y mucho menos conmigo. Y yo estoy demasiado pillada por él como para ser solo una muesca en el cabecero de su cama. De hecho, ya cometí una vez el error de pensar que quizás podría haber algo más entre nosotros, pero me equivoqué de manera garrafal.


Una Nochevieja nos fuimos de fiesta todos juntos. En el hospital tenemos un grupito bastante majo de amigos y salimos muchas veces de marcha, cuando podemos. Esa Nochevieja yo me pillé un pedo descomunal y Luis, al parecer, también. No sé cómo, pero acabamos medio desnudos enrollándonos en el sofá de mi casa. Estuvimos a nada de acostarnos esa noche. Y debo decir que no fue porque yo me apartara. En un momento de lucidez, Luis me empujó con cuidado hacia atrás y se levantó del sofá de un salto.
—Elena, no podemos —dijo, pasándose la mano por el pelo, creo que nervioso—. Me importas demasiado como para joderlo contigo.
Dios mío, mi cara debió de ser un poema. Me sentí tan humillada, con el vestido enrollado por la cintura, el moño medio deshecho y el rímel corrido. Y él, como si nada. Lo único que hacía ver lo que acaba de ocurrir entre nosotros era su camisa medio desabrochada y el bulto que se apretaba contra la cremallera de sus pantalones.
Me dieron tantas ganas de llorar en ese momento por la humillación que sentía a causa de su rechazo, que solo pude levantarme con la poca dignidad que me quedaba y pedirle que se fuera.
—Joder, Elena. Escúchame. —Intentó agarrarme por el brazo, pero logré soltarme—. No quieres esto, créeme. El día que estemos juntos, que lo estaremos, no será un polvo rápido y borrachos. ¿Me oyes? —Él volvió a cogerme del brazo, pero esta vez no le esquivé—. Por favor, no te enfades… —susurró acercando su boca a mi cuello y depositando un suave beso bajo mi oreja.
—No te gusto, ¿verdad? —Joder, ¿por qué habría dicho eso? Ahora todos mis esfuerzos por disimular mis sentimientos hacia él habrían sido en vano.
Él rió con amargura contra mi cuello y negó con la cabeza.
—No entiendes nada, ¿verdad? —Su tono denotaba que empezaba a estar un poco cabreado. Todavía sin soltarme el brazo, pasó su otra mano por mi cintura y apoyó la frente en mi hombro—. Haremos como que no ha pasado nada, ¿vale?
Y solo pude asentir, porque no sabía qué pasaría con nosotros si no lo hacía.
Cuando me desperté al día siguiente, estaba confusa por todo lo ocurrido. No sabía qué esperar de nuestra relación. Pero, cuando volvimos a vernos en el hospital, se puso a bromear conmigo y a hacer como si no hubiera pasado nada, así que decidí que aquello no había ocurrido.


La campana del ascensor nos avisa de que ya ha llegado a la planta baja y ambos entramos. Le doy al botón del cuarto y del sexto y las puertas se cierran.
—Bueno, ¿estás nerviosa? —me pregunta él.
—No tengo ninguna posibilidad, Luis —le respondo con una ceja levantada.
—Tú siempre tan negativa, nena. —Sonríe mientras niega con la cabeza—. Nunca te pasará nada bueno si vas con ese espíritu.
—No soy negativa —respondo yo, indignada—. Simplemente soy realista. ¿Cómo me van a dar a mí el puesto si soy de las más jóvenes del área?
—¿Quizás porque eres la mejor? —responde él, irónico. Lo miro con escepticismo y él continúa—. Venga, Elena. No te hagas ahora la sorprendida. Hoy por hoy eres la única que hace más que auscultar y recetar jarabe para la tos.
Pongo los ojos en blanco, pero en el fondo sé que tiene razón. Estoy especializándome en leucemias y linfomas infantiles. Y lo hago más por devoción que por otra cosa. Pensaréis que soy una morbosa, pero que tu primo pequeño se muera a los siete años por esta enfermedad marca demasiado como para no intentar hacer algo por mejorar ese ámbito de la medicina. Se ve que esto también marcó a mi hermana mayor, Claudia. Ella estudió Biología y trabaja desde hace unos cuantos años en el National Cancer Institute, en Maryland, estudiando los posibles tratamientos eficaces para combatir la conversión de células sanas en células cancerígenas. El cáncer es una de las enfermedades más desconocidas que padecemos ahora mismo. Está claro que los avances en medicina han permitido conocer la causa de muchos de ellos o, al menos, paliar sus efectos. Pero hay tantas variantes que es imposible llegar a dilucidar el origen de todos y cada uno de ellos. De hecho, el quid de la cuestión no está en tratarlos, que por supuesto es una prioridad mientras tanto, sino en llegar a conocer el punto exacto en el que se produce el desencadenante y así poder atacar contra la diana con mayor precisión. Por desgracia, su estudio es un proceso muy lento y aún se está investigando en ello.
Cuando el ascensor llega al cuarto, hago el amago de salir, pero Luis me coge al instante de la mano y me da un apretón.
—Eres la mejor. Lo harás bien —me dice mirándome a los ojos con esa expresión que denota ternura. Jo, yo no quiero que me mire con ternura. Yo quiero ver en sus ojos la pasión que vi aquella Nochevieja en la que casi se nos va la situación de las manos.
Le devuelvo el apretón y le sonrío con tristeza.
—Gracias, Luis. Luego te cuento.
Salgo del ascensor y me encamino por el largo pasillo hacia mi consulta. Rebusco las llaves entre las montañas de clínex usados, tampones sin plástico y tickets de compra que almaceno en el bolso –sí, colecciono mierda por gusto– y, cuando por fin las encuentro, abro la puerta.
Mi despacho es la típica consulta de hospital. Una mesa grande de madera oscura con un sillón de cuero negro preside la habitación. Lo único que alegra la estancia son los montones de dibujos que mis pacientes me han hecho y que he colgado en las paredes. En la entrada tengo un perchero donde dejo el abrigo y cojo la bata que está colgada en él. El bolso lo guardo siempre con llave en uno de los cajones de la mesa. No es que no me fíe del hospital, pero es una norma que nos han obligado a todos a llevar a rajatabla.
En mi mesa me espera una carpeta con todos los papeles que he de llevar a la reunión. Miro el reloj. Las 8:57. Puf, empiezo a ponerme de los malditos nervios. Me pongo la bata blanca, cojo la carpeta y salgo de nuevo al pasillo. Al fondo de este hay una sala de reuniones donde nos encontramos ya sea para tomar un café o para este tipo de encuentros. En los que se decide quién asciende o no, a esos me refiero. Según me voy acercando, veo que la puerta está entornada, así que asomo la cabeza llamando con los nudillos suavemente.
—¿Se puede?
—Sí, claro, Elena. Pasa —me dice el jefe de pediatría, que está sentado presidiendo la larga mesa y charlando con otros médicos. Antonio es uno de los mejores profesionales que tiene este hospital. No le he visto cometer ni un solo error en todos los años que llevamos trabajando juntos. Me gusta mucho su método porque, aun siendo muy exigente con su equipo, es capaz de arremangarse la camisa y ponerse a colaborar con los casos más difíciles que llevamos el resto. Es un buen maestro, además de buena persona. Y sé que siente cierta devoción por mí.
Entro en la sala con timidez, no sé por qué. Esto es ridículo. Al fondo de esta hay una mesa con una cafetera y galletas, así que me acerco a esa zona y me sirvo un café con leche.
—Esperaremos a que llegue todo el mundo —dice Antonio cuando me acerco a donde está él y tomo asiento en el primer hueco libre que encuentro.
Hago un repaso a la sala y veo que estamos todos. Frunzo un poco el ceño porque, si no he oído mal, estamos esperando a que llegue más gente.
¿Quién faltará?






[1]¡Deseadme suerte!



domingo, 3 de mayo de 2015

Codo con codo - Capítulo 5

Lo primero que siento en el contacto de nuestros labios es el calor de su piel contra la mía. Lo segundo de lo que me percato es de lo blandos que son y cómo parecen amoldarse a la perfección contra mi boca. Y lo tercero es lo mucho que me gusta esta sensación y me pregunto cómo es posible que haya podido aguantar tanto tiempo sin hacerlo antes. Así que, después del contacto inicial, que apenas dura unos segundos, resurjo de mis cenizas como un ave fénix y le agarro por el cuello de la camisa para acercarlo más a mí.
Me da la sensación de que él ha estado midiendo cada paso, porque siento cómo se relaja contra mi cuerpo en un suspiro de satisfacción al reconocer mi respuesta positiva.
Nuestras bocas se exploran, jugueteando con las lenguas. Los labios se acarician, se pellizcan. La reacción química producida por la mezcla de nuestras salivas es una bomba explosiva que me llena la boca de algo maravilloso.
Me siento yo de verdad, liberada de todos esos miedos y prejuicios que nos hacen ser menos como nosotros mismos y más como pensamos que los demás esperan que seamos. Es una sensación tan llena de paz, profunda y liviana al mismo tiempo, que creo que si él no estuviera sobre mí impidiéndolo, estaría flotando ahora mismo.
Estoy tan inmersa en el beso, en las sensaciones que este me produce, que el sonido de mi móvil sonando me resulta como un jarro de agua fría sobre un fuego crepitante. Lucas gruñe contra mi boca, alargando varios segundos la separación de nuestros labios. Pero, finalmente, se levanta y se sienta a un lado. Estiro el brazo y busco el bolso, que se encuentra en el suelo, en un lateral del sofá.
Contesto sin mirar quien llama.
—¿Si? —Mi voz aún suena ahogada por los besos.
—¡Leeeeen! ¿Para qué coño quieres el móvil? —me grita Laura desde el otro lado del auricular—. Llevamos horas escribiéndote al whatsapp y no contestas, so perra.
—Pues, si no os he contestado, será que estaba ocupada. ¡Joder! —respondo de malas maneras.
Oye Leni, no te pongas así, que solo estábamos preocupadas por ti —me dice ella en tono conciliador—. ¿Qué estabas haciendo?
—Ayyy —gruño—. Ahora mismo no puedo hablar, ¿vale? —Miro de reojo a Lucas que me observa con una mezcla de frustración y deseo en los ojos—. ¿Querías algo?—pregunto impaciente.
No, bueno. Era para decirte que hemos quedado todas a las nueve en el Deluxe, ¿vale? —Hace una breve pausa—. Ya nos ha contado Sof lo del doctor Martín.
—Eeeeh, vale. Sí. Nos vemos allí.
Vale, anda. Ya nos cuentas luego.
—Sí, ciao.
Adiósssss, perri.
No he soltado casi el teléfono cuando Lucas se abalanza sobre mí de nuevo.
—¿Quién era? —me pregunta al tiempo que me da suaves mordiscos en el cuello.
—Era mi amiga Laura —respondo en un ronroneo, cuando sus labios dejan de hacer virguerías sobre mi piel.
—Mmm, y ¿qué quería? —Él parece muy concentrado en las partes de mi anatomía que no están ocultas por mi ropa.
—Saber si iba a reunirme con ellas a las nueve en un sitio al que vamos mucho.
Sigue besando, mordiendo, probando mi piel mientras yo me restriego contra el cuero del sofá a causa de las sensaciones que esto me provoca.
Al girar la cara hacia el televisor para ofrecerle el otro lado de mi cuello, veo que el reloj digital marca las siete y media, lo que me hace salir del trance lujurioso al que este hombre me está sometiendo.
—Ay, Lucas. Espera. —Le aparto con suavidad, empujándole por los hombros.
—¿Qué pasa? —pregunta él intentando evitar mi empuje.
—Para, que tengo que irme.
—¿Irte? —repite él alarmado—. No, no. Ni de coña.
—Sí, sí. Para, por favor. —Lo empujo un poco más fuerte y, finalmente, se aparta de mí por completo.
—¿Por qué tienes que irte? —me pregunta él con un tono de voz un poco infantil.
—Porque he quedado —sentencio mientras me levanto y recoloco mi ropa.
Él me mira desde el sofá mientras me bajo un poco el jersey de punto fino que llevo y cojo el bolso y el abrigo.
—¿Me das tu número de teléfono? —me pregunta.
—Nos vamos a ver el lunes en el hospital —contesto riéndome un poco por su actitud.
—Ya, bueno. Acabarás dándomelo. Lo sabes, ¿verdad?
—Eso está por ver. —Me río.
Me inclino sobre él para darle un suave beso en la mejilla y me dirijo hacia la puerta. Cuando estoy rodeando el sofá, él se levanta y me acompaña hacia la salida.
—Nos vemos el lunes, entonces —dice él.

—Claro. Hasta el lunes —respondo con una sonrisa.